Me siento plácidamente en una butaca y más que soñar me pongo a mirar atrás, muchos años atrás, años vivido en una infancia llena de necesidades, pero pletórica de imaginación.
Y sin llorar me pongo a recordar, aquellos barquillos en forma de cono o planos que en Sevilla parque María Luisa un señor, cara de anciano, barba de tres días, donde alternaba lo blanco y lo negro, ¡aquellos barquillos!
Luego en Galicia, no eran barquillos, sino barquillas en las fiestas de verano, o en las romerías, subíamos a ellas y podíamos volar tan alto como fuese nuestra fuerza de niño.
Hoy las barquillas ni en tierra navegan, las fiestas populares, esas fiestas de capillas o hernitas de pequeñas viejas aldeas, ya no tiene gaitas que les den sonoridad, los santos ya no reciben huevos y gallinas compra de una petición, los tiempos están cambiando. Siendo ya no es lo mismo.
Aquel fotógrafo de parques que, con su cajón a cuestas, mantenía vivo el momento, en solo dos minutos, pasándola por el caldero de agua, la foto de la mili, la primera novia, la pandilla de amigos.
Quien vive hoy que recuerde aquellos momentos
¿y porque los recordamos? Porque eran momentos felices, antes de la peli el NO-DO noticias del mundo y del régimen.
Pero había una España que caminaba por libre, una España que en la necesidad, encontraba virtud, imaginación, mucha imaginación.
En España la muñeca Mariquita Pérez, en América la Barbie.
Sin dinero se podía jugar, a las bolas, al trompo, a la villa, a indios y vaqueros con caballos que eran de cañas dejando sin pelar la parte creciente, que hacia de cola, jugar en grupo al escondite, jugar a mil etcéteras.
Con una peseta o dos leíamos, comprábamos y cambiábamos, cuentos del Capitán Trueno, Hazañas bélicas, Zipi y Zape, Mortadelo.
Una infancia que apreciábamos, valorábamos lo que teníamos.
Escuchado en una terraza, hoy 2023 dC, le compre para la maquinita un juego de 1.000 € y pasa de él, a un niño de unos 10 años.
¡Tierra párate , que me apeo!



