
Carlos Moledo
Fechas atrás un periódico regional se hacía eco del estudio realizado en toda España por Deyde Datacentric, empresa de estudio de mercados del grupo Tinsa, sobre los lugares más idóneos para vivir y que concluía que, en nuestra amplia zona de Barbanza-Noia-Muros, era la capital del berberecho el lugar más recomendable para bien vivir. El estudio se sustenta en la teoría apuntada ya en 2016 (por lo que tiene poco de “novedosa”, como afirma la noticia) por el urbanista franco-colombiano Carlos Moreno de la ciudad de los 15 minutos. Una propuesta actualizada ahora por la eclosión de los defensores del cambio climático y revitalizada por la asesoría que el urbanista nacido en Colombia y profesor de la Sorbona presta a la alcaldesa de París Ana María Hidalgo.
Pese a los detractores –que habelos hainos- de la teoría del reconocido urbanista, no cabe duda de que su propuesta goza del más amplio reconocimiento por la serie de valores sociales y urbanos que representa en temas como la lucha contra la contaminación del aire o la acústica por la reducción de vehículos de tracción motora, la apuesta por la actividad física, el más idóneo aprovechamiento urbanístico en parques y jardines, además de los valores favorecedores de una mayor implicación de los vecinos con su entorno inmediato, cuestión favorable a un mayor desarrollo de las relaciones sociales.
Pero, alabadas las virtudes de este modo de articulación de las ciudades que propone el profesor de la Sorbona -que no hace sino repetir lo que ha sido el urbanismo de nuestras villas desde tiempos seculares-, la pregunta es si esa pretendida virtud de la proximidad que garantizan los 15 minutos aplicada a Noia es material suficiente como para deducir de ella la mejor de las calidades de vida posibles. Porque, y esta sería la primera de las objeciones, de poco vale tener farmacias, institutos, comercios y centros de salud o de ocio a tiro de piedra si todos esos elementos no configuran un estilo de vida específico, no generan una particular seña de identidad en la que el ciudadano se sienta parte activa de la comunidad a la que pertenece. Y da la impresión de que en este aspecto queda mucho por hacer.
Falta, asimismo, una mejor adecuación de los espacios urbanos, esencialmente viales y espacios públicos, a esa filosofía de los 15 minutos, con calles de sentido único, aparcamientos más periféricos y disuasorios que céntricos y un desarrollo urbanístico que no pierda el norte de la configuración global de la villa. Pero, por encima de todo ello, falta una reflexión conjunta -con implicación de todos los sectores sociales, económicos y culturales- sobre la villa que se quiere para el futuro, sobre el aprovechamiento óptimo de una riqueza patrimonial y cultural como pocas villas pueden ofrecer y, aún, de la capacidad de crecimiento ordenado pensando en la posibilidad de ofertar espacios y suelos para acoger familias compostelanas dispuestas a cambiar Brión o Ames por Noia, con las ventajas que esta villa puede ofrecerles.
Cierto que las autoridades locales bastante tienen con atender el árbol de la inmediatez que suponen los problemas e inconvenientes diarios que se presentan y, por ello mismo, quizás sin tiempo para elevar la vista sobre dicho árbol y contemplar todo el bosque y su posible articulación futura. Pero, cual émulos del profesor franco-colombiano, sobran en Galicia urbanistas -¡y geógrafos!- capaces de aplicar a Noia las virtudes que propone Carlos Moreno. Porque, y eso es lo que nos salva, la villa conserva aún todas las potencialidades para alcanzar esa ciudad idílica para vivir si somos capaces de articular el necesario compromiso social y técnico para llevarlo adelante. Eso sí, entre todos, como en Fuenteovejuna.



