
Chile, hoy 50 años del golpe de estado.
Poniendo la memoria a trabajar.
Recuerdo que aquel fatídico día allí se encontraba el español Joaquín Leguina, luego presidente comunidad de Madrid.
Salvador Allende a la ventana con caso y un fusil regalo de su amigo Fidel Castro.
Recuerdo que dos, tres días antes en un entierro estaban juntos Salvador Ayende y Pinochet, el presidente le había nombrado comandante en jefe del ejército de Chile.
Un chileno me comento en la ciudad de Odessa, Ucrania, que la mina “EL Teniente”, que funcionaba profesionalmente, durante el gobierno de Allende comenzaron a ocupar puestos, gentes sin formación, la única formación era la militancia política, suele ocurrir en gobiernos de chichinabo.
Comenzaron a faltar bienes de primera necesidad.
La represión fue brutal, miles de personas en el estadio nacional de Chile.
La figura emblemática Vitor Jara, que antes de fusilarle, dicen le partieron los dedos de las manos, para no poder tocar la guitarra.
Sus ultimas palabras, antes de morir palabras hechas canción.
Somos cinco mil aquí.
En esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total
en las ciudades y en todo el país?
¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?
El odio, el odio al conocimiento, el odio a lo superior.
Cuando Pinochet abandona el cargo, Chile era el país más desarrollado de América latina.
Pero ¿hacia falta tanta maldad, tanto rencor, tanta muerte innecesaria?
Boric y los expresidentes firman un alegato “por la democracia” ante el aniversario del golpe de Pinochet.
Tal vez la herida ha dejado de sangrar, pero duele, duele profundamente en el alma, duele en esas voces silenciadas, duele en la memoria de los huérfanos, de las viudas, de los niños robados.
Recordar, no olvidar, para no repetir, aunque solo sea un sueño



