
Últimamente son muchas las ocasiones en las que responsables políticos hablan de la necesidad de obtener turismo de calidad y turistas de calidad, frente a la cantidad de turista low cost que compromete la sostenibilidad de los destinos por su masificación.
Sea como fuere, según los expertos, la calidad en el sector turístico es un término que solo puede vincularse al prestador del servicio y no al consumidor.
De una manera sencilla esta es una percepción que un consumidor tiene tras el consumo de una experiencia turística. Por tanto para un mismo servicio turístico la percepción de calidad puede ser diferente en función del consumidor. Por otro lado, las ciudades tienen los turistas que se trabajan.
Vamos, que si quienes visitan las ciudades mayoritariamente tienen poca voluntad de gasto será por obra y gracia de políticas de promoción erradas.
Al margen de esto, ¿cuál es el turista ideal? la respuesta dependerá del punto de vista: del turista o de la sociedad que acoge el visitante. La gente suele asociar el turismo de calidad con el turista que gasta más y esta afirmación puede esconder un tremendo error, porque un turista que gasta más no es ni mejor ni peor que otro que gasta menos. Ricard Santomà afirma que “No se trata solo del poder adquisitivo. El turismo de calidad sería aquel que aporta valor a la ciudad de una manera global. Que no solo cree valor en el ámbito turístico, sino en la interacción con otros sectores”.
Conseguir que un destino atraiga turismo de calidad no es sencillo, aunque existen premisas básicas: crear equipamientos e infraestructuras hoteleras adecuadas a este tipo de visitantes, facilidad de acceso y alta conectividad (aeropuertos, autopistas), dotar al destino de actividades y establecimientos de interés (restaurantes exclusivos), etc.
Ahora bien, que un determinado destino apueste por ese turismo mediante el desarrollo de este tipo de elementos, no quiere decir que el turismo de masas que venía ocupando su lugar vaya a desaparecer. Es más, incluso puede aumentar, ya que una mayor conectividad y mejora de infraestructuras puede facilitar la llegada de empresas que las aprovechen (compañías aéreas low cost, agencias, turoperadores, etc.) y, además, el mero espectáculo del lujo y la sofisticación puede ser recurso atractivo.
Los planteamientos de elitización nos adentran en una lógica peligrosa, porque nos aboca a una sociedad más desigual, con el problema añadido de que no hay ricos para todos. Por tanto, las ciudades compiten por ellos, lo que supone una dinámica que conlleva más gasto público en infraestructuras, servicios y promoción dirigida a responder a las necesidades de este consumidor exigente.
Recursos públicos que podrían dedicarse a resolver otras necesidades de la mayoría de la población. Bajo la retórica de la calidad, la apuesta por la elitización del turismo es, en definitiva, un mal negocio, porque acabaremos pagándoles la fiesta y saldremos escaldados.
Mirando al futuro apostar por la desestacionalización y dar prioridad a la sostenibilidad resultan imprescindibles para lograr un modelo turístico de calidad. Estos procesos de cambio no son ni sencillos ni rápidos, es una cuestión de voluntad para liderar un proceso a medio plazo que permitirá, si todos los actores lo quieren, diversificar demanda atrayendo más turistas de mayor voluntad de gasto.



