
El surrealismo expresa “su realidad” con imágenes fantásticas, a veces absurdas, concebidas por la creatividad de cada artista que, decía André Bretón, significa “el triunfo del pensamiento y la ausencia de todo control de la razón”.
Me acordé de este movimiento artístico viendo lo ocurrido estos días en “La parte no portuguesa de la península ibérica”-en acertada perífrasis del profesor Barreiro Rivas- que, dice Francesc de Carreras, “es un barco a la deriva que va acercándose peligrosamente a una costa rocosa y corre el peligro de estrellarse”.
El surrealismo político no está en el resultado de la elección de la presidenta y Mesa del Congreso porque en democracia gana quien tiene más votos. La anormalidad está en que los resultados del 23-J crearon un “lienzo” que muestra varias escenas propias del “surrealismo democrático”.
La primera son los 25 diputados del nacionalismo catalán, vasco y gallego que pasan de la gobernabilidad del Estado, pero controlan el Congreso y van a controlar al próximo gobierno. Son 1,6 millones de votos frente a 16 millones que reúnen populares y socialistas, más los 3 millones de Vox.
La segunda escena -más de lo mismo agravado- la encarna Puigdemont, un golpista y delincuente fugado de la justicia española cuyo objetivo es destruir el Estado, acabar con la igualdad de los españoles y seguir viviendo de su república catalana. “Es paradójico, dice Borrell, que la formación de gobierno dependa de alguien que dice que la gobernabilidad de España le importa un carajo”. ¿Qué pensarán otros dirigentes europeos?
Surrealista es también que llamen “mayoría progresista” a una alianza en la que están las derechas de Junts, heredera de Convergencia y el partido más corrupto de la democracia con la mordida del tres por cien, y del PNV, un partido que jamás criticó el racismo de su fundador y nunca tiene escrúpulos en acostarse con el ganador, sea quien sea.
En otro lugar del lienzo están los nacionalistas que exigen las lenguas cooficiales en el Congreso mientras persiguen al castellano en sus territorios. Como la presidenta Armengol que impidió que el español fuera lengua vehicular en Baleares.
Vuelvo a la perífrasis del profesor Barreiro. Que “la parte no portuguesa de la península ibérica” haya llegado hasta aquí fue una decisión del pueblo español. Pero, los resultados de las urnas, dice el politólogo americano Jason Brennan, pueden tener gravísimas consecuencias. Y hace años que las tienen en la política española, afirma el profesor Francesc de Carreras.
El “escarpado litoral” está cada vez más cerca con la amnistía y el referéndum de autodeterminación esperando en la orilla “sin que el timonel dé señales de virar el rumbo”. Es lo que hay.



