
Señala Otero Pedrayo en su Ensayo histórico sobre la cultura gallega que la historia del mundo concreta su energía creadora en algunas ciudades selectas, “como de materia cósmica que se adensa en el fulgor de las estrellas”, que resume señalando que Roma es la fuerza, París la escuela, Florencia la Gracia, Londres el orden… “y Santiago es la fe, pero la fe vestida con una evocación de ensueño y un rumbo a lo desconocido”. Ella, la ciudad, “sin fuerza política ni autoridad dogmática, dinamizó el Occidente, la peregrinación creo el camino y el camino, conexionando, elevando y afirmando a las diversas gentes de Europa y del Mundo, fue camino de perfección de la conciencia europea”.
Pero las páginas del unánimemente reconocido en su tiempo como Patriarca de las letras gallegas no parecen figurar entre las lecturas predilectas de la nueva alcaldesa de Santiago, como tampoco otras no menos significativas de destacados intelectuales internacionales a la hora de significar la trascendencia histórica y cultural de la ciudad compostelana en el mundo porque vienen con el anatema -¡Vade retro!- que para el BNG suponen sus innatas connotaciones religiosas, por más que constituyan la razón de ser y la esencia de la propia urbe.
De modo que la regidora Goretti Sanmartín (¡Qué buena edil de barrios si hubiese un buen alcalde!) anuncia en base a una solo supuesta mayoritaria opinión favorable de la ciudadanía –de la que no aporta un solo dato- su negativa a acompañar al delegado del Rey en el acto catedralicio de la presentación de la Ofrenda al Apóstol, simbólico ritual de continuada tradición secular que no tiene más significado que el propósito del Cabildo catedralicio de agradecer las continuadas prebendas y regalías monárquico-
estatales en favor de la catedral y de la ciudad (dinero contante y sonante en suma y favorecedor incluso –ironías de la vida- del excepcional marco arquitectónico donde la alcaldesa nacionalista tiene su despacho). Una tradición que cada año se celebra en la festividad de la figura que el papa Urbano VIII declaró Patrón de España, la Galicia constitucional “Día Nacional de Galicia”, Castelao llamó, en su Alba de Gloria, “o día de Galiza” y la formación nacionalista en la que milita la alcaldesa compostelana “Día
da Patria Galega”, desdeñando, eso sí, las demás significaciones –¡otra vez el reduccionismo independentista!-.
No es la primera vez que Compostela –el Gobierno de las Mareas es aún reciente- asiste a una tan miope como mezquina forma de entender la representatividad institucional al frente del Gobierno de la ciudad que tiene su origen, antes como ahora, por aquellos a los que Unamuno acusaba de “meter bulla en la Historia” como único mérito de su engreída pretensión de buscarse un sitio en la posteridad.
De modo que la flamante nueva regidora, acentuando la provocación que supone su protocolaria ausencia en el acto de la Ofrenda, optó por inventarse otro acto pretendidamente institucional que, emulando a Castelao para darle ínfulas de trascendencia, dio en llamar “Alba de Compostela”. Una iniciativa que, además de desafortunada en el nombre (el nacionalismo y su atávico reduccionismo de leiriñas y sentido exclusivista de todo lo gallego), nace con la calentura de las cosas poco reflexionadas, contraviniendo así lo que la norma dicta para sus propias responsabilidades como alcaldesa, al hurtar esa decisión al Comité de Condecoraciones y subsiguiente aprobación de la Corporación municipal en pleno
–como certifica el demoledor informe de Secretaría-, desdeñando la opinión de 17 concejales -del total de 25- que se oponen a tan sectaria iniciativa. ¡Y, como en su día había hecho el sectario Martiño, prometió que sería alcaldesa para todos!
Pero la ciudad –no debiera olvidarlo la regidora- tiene, sino en el fulgor de las estrellas que ensoñaba Otero, una proyección en el mundo y la Historia más allá de las limitantes orejeras de la alcaldesa, como se atestigua por haber dado su nombre a miles de ciudades y territorios en el orbe (solo en América más de seiscientas inventariadas por el geógrafo y profesor universitario Méndez Martínez) y ser, en boca
de dos Papas –otra vez la religión, ¡Vade retro!-, la ciudad en la que converge todo un continente, “un lugar altamente simbólico para redescubrir la gran riqueza de Europa unida en su tradición religiosa y cultural, pero tan marcada por las múltiples peculiaridades que conforman su riqueza”.
Y todo ello se logró, como apuntaba Pedrayo, “sin fuerza política ni autoridad dogmática”. Y también esta vez lo volverá a ser a pesar de los bullangas de la Historia.
Porque, ya lo dijo Valle –Compostela y su ángel- ‘Compostela se hace en torno a la campana. La campana lo va creando todo día a día, siglo a siglo, sin más que dar la hora. Y la niebla es el caos de donde la campana va sacando las cosas’. Solo hay que esperar.



