
Se cierne el verano sobre nuestra comarca y se augura fructífero para los intereses económicos del sector turístico. En teoría eso está bien, o al menos lo estaba con los visitantes que teníamos antaño, pero no podemos negar la realidad que tenemos antes nuestras propias narices.
Ya antes del Covid, pero muy especialmente después, nuestra comarca se está viendo desbordada por las previsiones de visitantes. Será el clima, la comida, nuestras virtudes como anfitriones o que somos una zona relativamente económica, pero el caso es que empezamos a rebosar claramente en el estío. O al menos esa es la sensación que yo percibo en la calle, y creo que no me equivoco demasiado por mucho que después salga el portavoz de turno quejándose porque no llegamos al 100% de ocupación. Me van a permitir una vez más que sea un poco impopular pero sé que, en el fondo, esto lo piensan muchos de ustedes.
Sabemos que el turismo tiene un precio que los ciudadanos que tenemos la enorme fortuna de vivir aquí todo el año estamos sujetos a pagar. Y naturalmente lo hacemos mas o menos gustosos, porque todos tenemos amigos, conocidos o familiares que de algún modo se benefician de los perjuicios que tiene el turismo para el conjunto de la comunidad. Pero no nos llevemos a engaño: si sacamos de la ecuación el aspecto económico, la practica totalidad del fenómeno turístico en su conjunto, salvando alguna cuestión y siendo consciente de todos hemos sido turistas alguna vez, es un coñazo absolutamente insoportable a medida que avanzan las semanas. Y conste que el ambiente de los primeros días no está mal, pero con la
primera quincena de Julio comienzan las plagas, a saber: colas interminables en el supermercado; tráfico saturado; terrazas abarrotadas; playas hasta la bandera; madrileños y madrileñas; furtivismo; escasez de pan a partir de las doce del mediodía; escasez de tapas, porque muchos piden dos cañas, pero tres tapas a mayores para los niños que no consumen; madrileñas y madrileños; ferias medievales; colas en la plaza; escasez de productos en las estanterías; la misión imposible de cenar fuera… y más madrileños, incluso algunos simpáticos.
Ahora en serio, deberíamos pensar con detenimiento si esto es lo que queremos en el futuro para nuestro hogar. No rehuir el debate de si realmente deseamos convertir nuestros hogares en paraísos vacacionales en plan Salou o Magaluf, renunciando así en buena medida a nuestra identidad como pueblo durante, al menos, tres meses presenciales. Pero en realidad no se limita a estos tres meses el efecto de la sobre explotación vacacional. Piensen también en el precio obsceno al que se han puesto los alquileres en nuestra comarca debido a la demanda foránea y a la avaricia oriunda, haciendo cada vez más difícil que la gente que no tiene una vivienda en propiedad pueda prosperar en nuestra comarca como habitante de pleno derecho y provecho.
El problema tiene difícil solución, porque para mucha gente no es un problema mientras entre cash en la caja, así que tal vez deberíamos plantearnos seriamente, cuando menos, exigir la imposición de una taxa turística como hacen en muchos otros sitios para que revierta en beneficio de la totalidad de nuestra comunidad el resto del año. Dos euritos al día poco precio me parece comparado al que nosotros pagamos para que nuestros vecinos y amigos del sector terciario puedan trabajar a toda máquina durante el verano.
Al fin y al cabo todas ponemos nuestro granito de arena y solo es un mínimo más de dinero por persona.
Si a alguien le parece mucho, igual no nos compensa su visita. Suspiren, mientras tengan espacio para hacerlo.



