
Con la solemnidad que la Iglesia sabe conferir a las grandes celebraciones y que en esta ocasión avalaron cerca de una treintena de arzobispos y obispos, el sábado día 3 se celebró en la milenaria basílica santiaguesa el acto de toma de posesión de monseñor Francisco José Prieto como nuevo arzobispo metropolitano de la Archidiócesis compostelana.
Llega el nuevo monseñor a una archidiócesis con el suficiente trazo histórico como para que al ser nominada prime más el acumulado poso que en cada caso concreto, de Teodomiro a Monseñor Julián Barrio, fueron dejando los sucesivos prelados que la rigieron antes que la singularidad de cualquiera de ellos, por muy relevante que se pretenda. Es decir, es deudora de un sedimento que en sus aciertos y errores fueron dejando como secuela de vida y de magisterio evangélico una pléyade de personalidades ilustres, destacados teólogos, más sobresalientes hombres de la ciencia y el saber y aun individuos de acción decidida. De Diego Peláez al citado Gelmírez, de los Fonseca a Bartolomé Rajoy, de Miguel Payá a Lago González o el tan querido Quiroga Palacios, sin olvidar a los más próximos Ángel Suquía o Rouco Varela.
En esa larga serie de destacadas figuras que han contribuido a engrandecer la archidiócesis compostelana hasta situarla como punto de referencia y confluencia mundial, quiere el cronista detenerse con especial afecto y admiración en el legado que deja quien durante los últimos treinta años ha tenido la misión de regir sus destinos, monseñor Julián Barrio Barrio.
Cometido que supo llevar adelante con la afectividad a que invita el Apóstol de la gran perdonanza, con la comprensión y el diálogo de quien ha vivido cada día esa particular torre de babel de lenguas de todo el mundo convocadas en un mismo sentimiento de hermandad y trascendencia, y con la cercanía del pastor tan pegado a sus ovejas como para sentir en carne propia las desgracias de cada una de ellas, siempre desde la pronta mano amiga de consuelo, empatía y reivindicación, como bien saben los hombres de la mar de todo el Barbanza en los particulares momentos de desgracia vividos.
Es, por encima de todas las cosas, monseñor Barrio un hombre de fe y así lo supo enseñar a su amplia y variada grey pastoral. Y es también un europeísta militante desde el convencimiento de que Occidente y Compostela crecieron a la sombra del cristianismo. Es, además, un ejemplo de tolerancia, apertura y ecumenismo en estos tiempos de nacionalismos exacerbados, como recordó tantas veces al aludir a esa plaza del Obradoiro como acogida de cristianos y gentiles porque “todas las culturas están llamadas, sin perder sus matices, a abrirse unas a otras, y que cualquier ser humano puede reconocer en su semejante, forastero o desconocido, a su prójimo y a su hermano”. Hay, en fin, en la personalidad y magisterio evangélico del ya ex arzobispo compostelano una especial sensibilidad por eso tan etéreo en su enunciado como es el bien común, pero que en el entender del prelado se concreta en una permanente apuesta solidaria y de reivindicación pública en favor de los más necesitados. Virtudes todas ellas ejercidas desde la modestia que conforma su particular ADN y que hace más verdad que nunca la recomendación evangélica de que tu mano derecha no sepa lo que hace la mano izquierda.
Pero, muy por encima de todo ello, adorna la personalidad de monseñor Julián Barrio su excepcional calidad de hombre radicalmente bueno. Por eso recordaba monseñor Domato con ocasión de un reciente homenaje que “no es posible no quererle”. Buen retiro, monseñor.



