
El pasado 22 de mayo, tras el asesinato de una enfermera por un desequilibrado en un hospital de Reims, el presidente Macrón, fue acusado de emplear terminología de extrema derecha, porque al dirigirse a su Consejo de Ministros afirmo que: “Debemos ser inflexibles. Ninguna violencia es legítima,
ya sea verbal o contra las personas. Debemos trabajar a fondo para contrarrestar este proceso de descivilización”.
Este término lo acuño el sociólogo Norbert Elias en la obra “El proceso de la civilización”, escrita en Londres en 1939 durante su exilio. Para él, la descivilización sería la creciente incapacidad para reconocer al prójimo, que es lo que acabaría provocando la violencia y la barbarie urbana. Precisamente, este es uno de los tópicos del pensamiento “progresista” que se emplea para defender la inmigración. Seguramente Macron, un progresista de caviar, tenía en la cabeza esto cuando dijo lo que dijo.
Estamos ante un fenómeno complejo que no es la ausencia de civilización, sino un estado de falta de sentido y pensamiento que infantiliza a la humanidad hasta el nivel de perder el respeto por sí misma, negando la capacidad para la empatía como proceso de reconocimiento del otro. Esto es un pilar principal de la civilización y si caminamos hacia su eclipse, es porque el acto de vivir entre seres humanos ha perdido su sentido en el mundo actual.
La civilización es una conquista frágil y provisional, sedimentada durante siglos, pero que puede desmontarse en cuestión de días. Una mirada a la evolución de las costumbres en Europa nos muestra el largo camino por el que el cristianismo fue suavizando los usos socialmente admitidos. Desde la lucha por erradicar la esclavitud, a los esfuerzos por limitar la violencia en las guerras. La fe cristiana conformó una civilización que supuso una nueva manera de
comportarse y relacionarse que hay que cuidar y preservar con diligencia.
Eugénie Bastié, defiende que la descivilización se debe a una “relajación de las restricciones sociales como consecuencia de un individualismo hiperexacerbado, una liberación de todos los impulsos en nombre de la sacralización de las libertades individuales”. Y concluye: “como ya no tenemos costumbres, nos dedicamos a hacer leyes. El mercado y la ley ocupan el lugar
de los hábitos y las costumbres. Y una sociedad que se ha dado como único objetivo la deconstrucción contempla, consternada, su desintegración”.
En relación con la descivilización está la barbarie, que para Chantal Delsol puede ser de los “sentidos” o “reflexiva”. La primera es la de los salvajes que carecen de civismo y la segunda la propia de quien ha sido civilizado, pero distorsiona el sentido de las cosas y la realidad del mundo en el que vive.
Ambas se dan cuando los profesores de los institutos ya no pueden hablar de ciertas cuestiones en clase o cuando en ciertos barrios no se permite a las mujeres ir a las cafeterías.
Constatar el auge de la barbarie es algo imposible de ocultar por más que nos intenten convencer de que es hacerle el juego a la extrema derecha. Se requiere valentía para llegar hasta el fondo del análisis, detectar el origen del proceso y actuar en consecuencia. No caigamos en aquello que decía Donoso de “levantar tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”.



