
Principio quieren las cosas aconseja el saber popular que nos es transmitido a lo largo de los siglos en esas pequeñas cápsulas de sabiduría en esencia que son las frases proverbiales. De modo que si el mundo se fue haciendo así, no le enmendemos la plana.
Llega el periodista a esta acogedora columna atendiendo la invitación de un buen amigo y mejor profesional, a una casa periodística que desborda ilusión y compromiso con el particular terruño del Barbanza, atalaya pétrea que se aproa en ese Atlántico de cíclopes y multicolores espacios abisales en los irrepetibles ponientes de cada tarde y que Alfonso Costa llevó con tanto acierto a la cúpula de la Casa de Cultura de O Son en su Atlante. Pero donde, por encima de esos embriagadores y nunca repetidos atardeceres, el hombre sigue siendo el mejor paisaje.
Arriba el escribidor con una hoja de servicios de varias decenas de años a sus espaldas con el recorrido por toda la escala laboral del periodismo, abultada alforja que no tiene más mérito que la obviedad de constatar el paso del tiempo y, eso sí, servir de eficaz antídoto para que los tan presentes imperio de la mentira y pérdida de valores a que asistimos en esta desnortada sociedad no afecte a la opinión propia, que se vindica forjada en las fraguas del rigor y el respeto a los demás.
También tiene cabida en ese amplio zurrón de positivas experiencias la emocionada peripecia vital que supone la convivencia continuada -que desde hace un cuarto de siglo alimenta el ocio y solaz del autor- compartiendo vecindad más que ocasional a las faldas de ese macizo barbanzán que, en remedo de la lava de La Palma, hunde cada primavera su exuberante naturaleza de rumorosos pinos y amarilleadas retamas en la bocana de la ría, allí donde Baroña y Fonforrón se dan armoniosamente al arrullo de la misma ola, abiertos a la inmensidad del infinito marino.
Ancla el escribidor su navegante pluma de océanos y decires en el fondeadero que le presta este periódico digital compartiendo columna y reflexiones, lo quiso así la suerte, con entrañables amigos y más admirados profesionales de la información –Celeiro, Luaces, Castro, Barciela…- que tanto dignifican esta desnortada profesión periodística de ahora mismo. De suerte que, en el dique de abrigo de este diario digital y al socaire de grandes profesionales abriendo camino, pueda el autor llevar a cabo su particular faena a son de mar, ese continuado intento de poner a salvaguarda de temporales, rolidos y cabeceos los elementos más imprescindibles, trincar en los estantes del buque del pensamiento propio aquellas lecturas, reflexiones y opiniones que posibiliten una feliz travesía con el lector. Con ese propósito se llega a estas páginas. Que los vientos nos sean propicios.



