“Plus de humanidad”. José Antonio Constenla

Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Discapacidad tuve la oportunidad de asistir al acto de entrega de los trofeos y medallas de la liga de fútbol sala y baloncesto que organiza Special Olympics Galicia, y pasar algunas horas con personas con discapacidad intelectual de toda nuestra geografía.
Disfruté de la compañía de Pedro, un chico al que le gusta la actuación y practicar fútbol o ciclismo y que confiesa sin rubor que como en estos gana siempre, pues que ahora va a probar con el piragüismo. O con Jenny, una compañera de asociación que dice que de momento no practica ningún deporte, porque no se le da bien y además se cansa al correr.
Las personas con discapacidad intelectual que he tenido la suerte de conocer, destilan autenticidad, sinceridad, positividad y en su discurso no cabe el lamento, la autocompasión o la queja. Sonríen, agradecen y escuchan, pero sobre todo no juzgan. He visto como se miran sin que importen los defectos
propios o ajenos, o como se felicitan y abrazan después de hacer algo. Y a mí todo esto me parece muy inteligente.
En España, alrededor de un 8,5% de la población es discapacitada, es decir, presenta deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales. Pero a pesar de su número, es un tema tabú del que no se habla, porque en el fondo, no sabemos cómo mirarlos y olvidamos que el hecho de que tengan dificultades para realizar alguna actividad no significa que no sean personas plenas.
Tradicionalmente nos empecinamos en dos concepciones equivocadas sobre la discapacidad. La primera, asociarla con incapacidad, enfermedad, minusvalía, anormalidad, e incluso desgracia. La segunda, creer que la dificultad para su inclusión radica en sus limitaciones, cuando en realidad lo hace en el entorno, diseñado mayoritariamente para quienes no tenemos discapacidad.
Una divertida historia cuenta que uno a uno, a los habitantes de un pueblo les comienza a crecer una cola. Los primeros, horrorizados trataban de ocultarla con pantalones amplios o faldas con vuelo para que no se note que son “diferentes”. Pero cuando descubren que a los demás también les está
sucediendo lo mismo, su actitud cambia totalmente y empiezan a presumir de sus colas.
La normalidad y la belleza se definen y se redefinen continuamente, en gran medida, según pautas que la cultura enseña. Por ello, los niños a muy temprana edad juegan con total libertad y alegría con “todos los niños”, porque no parece preocuparles nada esas pautas de “normalidad”. Pero a medida que
van creciendo surgen los criterios de perfección, y con ellos y en muchos casos, los prejuicios y actitudes discriminatorias.
Cada uno tenemos un perfil único de fortalezas y desafíos, cosas que hacemos bien y otras de pena, cosas que nos gustan y otras que no molestan, pero justamente en estas variables reside la riqueza de la diversidad humana.