“Atlantismo, una oportunidad distraída”. Alberto Barciela

La globalización es una de las características fundamentales de este alterado ahora. Lo universal y genérico tiende a imponerse sobre lo local y concreto. En esta coyuntura, la respuesta inteligente, alejada de endogamias, parecería la participación en la mundialización desde un posicionamiento basado en la valorización de lo propio, de lo próximo. Con un plan, una estrategia, sentido de la oportunidad y decisión para actuar es posible obtener éxito, y buena prueba de ello son fenómenos mundiales como los que representan los Caminos de Santiago o Zara.

Los espectaculares cambios que afectaron a lo económico, lo social, lo religioso o lo cultural, no auguran tregua alguna, no toleran un necesario tiempo de adaptación a las reformas. Estamos sometidos a una trepidante carrera en la que los avances técnicos nos imponen su disciplina, sin ofrecernos en la práctica capacidad para su comprensión, asimilación y respuesta certera. La pandemia trastocó todos los rumbos lógicos, si los había, y los tiempos de transición que requiere todo avance. En el nuevo escenario es inevitable encontrar nuevas lógicas, responder con prontitud, sentido común y eficacia. Hay que renovar fórmulas caducas, es tan importante como percatarse de cuanto bueno y accesible no ponemos en valor.

Debemos entender el nuevo mundo, advertir sus posibilidades y peligros, es esencial asegurar nuestro amenazado hábitat de confort. Para ello hemos de reflexionar acerca  de las oportunidades que permanecen distraídas en un mundo colapsado por las cosas, las pantallas, la información, la competencia, las ansiedades, la dejadez, la acomodación y el consumismo.

Un buen ejemplo: Por razones históricas, en el entorno cultural hispano, lo mediterráneo ha disfrutado de profundas ventajas frente a lo atlántico.  El Levante ha sido escenario de acontecimientos decisivos debido al asentamiento de las culturas más trascendentes, que le han otorgado una importancia singular con consecuencias decisivas para el área. Desde una perspectiva marquetiniana, podría decirse que el hijo ha superado al padre. Quizás ello se deba también a que nadie ha sido capaz de formular el atlantismo como fórmula estratégica y eficaz más allá de la industria de defensa o en limitadas acciones coyunturales en la cultura o en ámbitos minoritarios.

Como se ha escrito de manera profusa, el mar Mediterráneo une Europa, Asia y África, es el mar de Grecia y Roma, el de los judíos, católicos y árabes. Ha sido y es un espacio de encuentros y conflictos entre las grandes civilizaciones. Su pasar lo conforman múltiples historias de fastuosas culturas, ciudades legendarias, grandiosas batallas, conquistas y derrotas, imperios espléndidos y soterrados, monumentos colosales, filosofías y religiones consoladoras. 

El fenómeno atlántico – en sentido estricto-, como referente de debate intelectual, estuvo presente sí, pero a mi parecer de manera insuficiente. No se ha llegado a afirmar una eficaz teoría de lo que ha supuesto el océano que nos llevó hasta la era modernaDe unas aguas que nos unen con Europa, con el mundo sajón, franco, normando, vikingo, teutón, ruso, etc.; con África, con todos sus coloristas matices; con la América diversa: maya, azteca, etc.; y hasta con los Polos. Un microcosmos que conforma un haz mestizo, pluricultural, único en la historia y también en las posibilidades de presente y de futuro. El Mediterráneo tiene una mejor marca, pero solo es una pequeña porción, casi una gota, de un océano.

Estoy persuadido de que el atlantismo está llamado a consolidar un área con una funcionalidad económico-social que supondrá la única oposición posible a la pujanza de los dragones asiáticos. Esta construcción ha de tener como base aspectos como geografía, economía, historia, comunicaciones, turismo, costumbres, etc. Ese uno de los grandes retos pendientes para la UE, para cada uno de sus estados y para los gobiernos locales.

En este escueto bosquejo de posibilidades múltiples, Galicia debería encontrar una oportunidad de liderazgo, de protagonismo en vanguardia, de punto de encuentro en la encrucijada, como eje dinamizador de un nuevo fenómeno de pensamiento y acción que hay que estimular desde sus tres universidades.

Existe una melancolía de lo atlántico con sus riberas difusas y una cultura común y hermosa, democrática, decisiva. La posibilidad es bella. Hay que renacer entre las ruinas, hermosas pero ruinas al fin, que acogieron la historia más brutal pero también la más civilizada. Esa es una de las posibilidades que hay que poner en valor.