“Siempre nos quedará el Cine Paris”. Alberto Barciela

Se reinaugura el Cine Paris, un lugar de irrealidades en la coruñesa calle Real. Paralelo a la república de mis sueños: un balcón de la casa de mi abuela Josefa Martínez, en el número 3, con acceso desde el portal de un emblemático estanco de rellano de escalera, que supongo propiedad de una amable viuda del ejército, no sé si de guerra, sí que su única batalla conocida era una ruidosa persiana. En paralelo a la baranda a la que me asomaba, emergía un cartel que anunciaba la Pensión Colón, un descubrimiento en la fachada, justo en un extremo del corredor de cincuenta metros, tras un comedor para treinta comensales que solo desayunaban. Allí los sueños infantiles se dejaban discurrir sin guion, desde allí dejaba volar a la imaginación tras calentar el cuerpo en la cocina bilbaína.

En el extremo opuesto, la galería trasera. En medio, el misterio de una buhardilla ensimismada bajo la luz de un patio acristalado. El silencio incorporaba el tañer de la lluvia. No importaban ni el frío ni la humedad ni el sol, el mirador privilegiado siempre estaba abierto para mis ensoñaciones. Enfrente, la juguetería Tobaris mostraba en su escaparate un baúl de prestidigitador, que se ofrecía por 70.000 pesetas de 1970, lo que suponía más que el precio de un Seat 600 de la época. Allí me compró mi abuela mi primera bicicleta, una Rabasa derbi. Magia pura.

Mis recuerdos se enhebran en aquella Coruña inolvidable de finales de los sesenta y principios de los setenta. Una ciudad que pasó de esperar la visita veraniega, real pero también mítica – y dicen y desdicen que gratuita-, de la señora Polo a las joyerías, al renacer del pasear libre y democrático de todos los ciudadanos.

Y siempre el cinematógrafo, estrecho como un trolebús, con sus estrenos del ancho mundo. China estaba entonces en las afueras de Madrid, el Oeste en Almería y Hollywood en las estrellas. La vida se decoraba de ilusiones distantes que casi ni se podían imaginar. Pero, lejos de los admirados Ava Gardner, Marlene Dietrich, Sofía Loren,  Elizabeth Taylor o Claudia Cardinale, o de Yul Brinner, Orson Welles o Cary Grant, los primeros protagonistas de cada sesión, en todas las salas de España, eran una asturiana y un ferrolano, intérpretes entonces de una sociedad limitada y próxima, papable, angosta como la sala de butacas y entresuelo de incomodidades y tortícolis. Carmen y Paco semejaban pertinaces, como excesivamente reiterados, sobreactuados ya en las primeras escenas de NODO. En el Noticiario Cinematográfico Español, los escenarios se repetían, incluso con años de retraso, con imágenes en el Pardo de sus excelencias, el Bernabeu, triunfal o sindical, inaugurando un pantano, en Toledo bajo palio, en el Azor, en el Club Náutico o en Meirás, el pazo regalado por el pueblo, todo narrado con engoladas voces como la de Matías Prats abuelo, experto en toros y faenas de salón o palacio.

Entonces, todo confluía en un mismo lugar. Con las luces apagadas, en las ceñidas pantallas blancas y rectangulares del cinematógrafo ligado a Riego de Agua, enfrente del teatro cine Rosalía de Castro. Justo antes del cartel “Visite nuestro bar” y de los anuncios del comercio local: Calzados Segarra, Lombardero, Porvén, Malde, Café Compostela, Barros, Guantes Varadé, Marconi, imprenta Roel, Tintorería París, La Maja, La tienda de música de Canuto Berea, Saldos Arias, Camisería Gala o La Gran Antilla… La Coruña sabía a buen comercio familiar, puerto, paseo, Farias, Madrid Chiquito, Picasso, el Deportivo, Amancio Amaro… Era y es un espectáculo de ciudad, ahora más universal si cabe por unas batas y un genio, Amancio Ortega..

En el imponente Colón proyectaban “Por mis Pistolas”, de Cantinflas; en el Avenida, “La Vuelta al Mundo en 80 días”; en la Calle Galera, en el Cine Coruña ofrecían “El Rey de la Selva”. En los periódicos se ofrecían sesiones en el Ciudad, el Riazor, el Alfonso Molina, el Rex, el Finisterre, el Monelos o el Goya. Había sesiones dobles y de adultos, claro, pero a mí me correspondía acudir a las infantiles. Mi imaginario se acrecentaba ya ante aquellas señoras, aparentemente enjauladas, en sus taquillas. En mi ingenuidad, yo preguntaba cómo las habían metido allí, por aquel agujerito, me contestaban que las metían “de pequeñas”. Todos reíamos. Los porteros controlaban las entradas con cortesía, los acomodadores semejaban oscuros, imponentes mineros con sus linternas de mano. La salas estaban siempre repletas de público. Para un infante como yo, todo sucedía como un acontecimiento perpetúo en novedades. Casi siempre, tras la campana o el timbre, surgía el NODO con sus excelencias. Tras el descanso emanaba un retumbante rugido de león que anunciaba el comienzo de la película. Si había un corte, como del baúl de un ilusionista, aparecía de nuevo el letrero: “Visite nuestro bar”.

El Cine Paris, inaugurado en junio de 1908, fue uno de los primeros locales estables y con programación íntegramente dedica al cinematógrafo en Galicia. En su origen, en 1900, el local acogió una tienda de moda. El cine se mantuvo activo hasta su cierre en 1999, sobrevivió hasta convertirse en  el más antiguo de España en funcionamiento. Tras su cierre, se convirtió de nuevo en una tienda de moda, en esta ocasión del grupo Inditex, que transformó el recinto en una tienda y restauró su proyector, donado al Museo Nacional de Ciencia y Tecnología.

En Coruña, a la piedra se suma la frágil emoción del cristal, y ambos se relajan en el mar embravecido o calmo, extasiado de admiración y luz, en este caso cinematográfica. La ciudad prolonga su argumento con nuevas aventuras. Nos queda el Paris, como en Casablanca. Ahora será un bar y un cine, la memoria de la ciudad de mi infancia, una ciudad de cine que está de moda.