“Valorar el silencio”. José Antonio Constenla


Hora punta en la ciudad. Varias personas ven vídeos en sus móviles, sin
auriculares. Otra habla con su cuñada sobre el éxito de una dieta cuyo principal mérito es que no necesitas privarte de nada. Una adolescente de hormonas desatadas habla sobre lo bueno que está fulanito, mientras las bocinas coreografían la circulación de los coches. Tenemos también Spotify, YouTube, Netflix, lo que sea que nos distraiga. Todo es ruido constante. “Estamos llenos de ruido porque no soportamos el silencio”, decía la poeta Hanni Ossott.
Nuestros sentidos no están diseñados para hacer frente a este aluvión de ruido. La medicina no deja de repetir los problemas para la salud física y psíquica de las personas: agitación, ansiedad, violencia, insomnio, problemas de concentración y rendimiento.
Séneca aconseja preguntar al silencio lo que verdaderamente necesitamos, Sócrates directamente pide callar si lo que se va a decir no aporta nada.
Einstein define el éxito como suma de trabajo, placer y silencio.
La sociedad occidental, eminentemente verbal, no así la oriental, valora el silencio negativamente, lo que la lleva a ocupar cada minuto del día con actividades y más actividades. Nos convertimos en adictos al ruido, lo deseamos, lo generamos, lo promovemos, y cuanto más alto, mejoro. Mientras el silencio pasa a ser algo propio de la soledad, timidez o tristeza.
Con el tiempo me he dado cuenta que no hay nada más revolucionario, más radical y provocativo que permanecer en silencio. Hay tanto ruido alrededor que necesitamos mucho más silencio para seguir funcionando bien. Cuando hay silencio, los pensamientos se ordenan, son claros y te dicen hacia dónde ir.
En el silencio se da vacaciones al ego y se vuelve la mirada hacia dentro para escuchar con el corazón los más hondos anhelos, encontrar la paz, la serenidad, la sabiduría…
Decía el cardenal Robert Sarah que lo verdaderamente importante acontece siempre en silencio. De esa forma, silenciosamente, corre la sangre por nuestras venas. Y también, cómo no, así, sin ruido, vamos aprendiendo y enseñando, aportándole al mundo lo qué de irrepetible cada cual tiene, averigua y es.
Vivimos en el mundo de opinar, de opinar sin que te pregunten, de opinar sin saber, opinar y hablar, en el mundo del que no opina o no habla, no vale o no sabe. Las personas piensan que lo más importante es hablar y dejan de lado la habilidad de saber escuchar o usar los silencios adecuadamente. Manuel
Azaña decía “Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”.
La gestión del silencio es una necesidad para el ser humano. No se trata de estar siempre en silencio, sino saber estarlo cuando toca y se requiera. A propósito, muchas gracias por estar ahí, aunque sea en silencio.