“¿Una nueva edad del fuego?” José Castro López

El diccionario acaba de enriquecerse con la palabra “pirocúmulos”: nubes que desencadenan viento, tormenta seca y rayos que, combinados con altas temperaturas, baja humedad y terrenos llenos de maleza, prendieron fuego y causaron una catástrofe medioambiental, ruina económica y dramas personales que dejan rostros desencajados,
corazones rotos y familias angustiadas, al borde de la desesperación.
En la Serra do Courel, Vilariño de Conso, Valdeorras, Oimbra y otros lugares reina ahora un silencio espantoso. Ardieron “os rumorosos” de Pondal, los castaños, carballos y otras especies autóctonas, que eran árboles viejos y adorables plantados por los lugareños que tan solo se atreven a decir que “nós, como o monte, aínda estamos a arder por dentro”.
Han perdido sus cosechas, su ganado, sus huertos y cortiñas, sus coches y tractores… y sus “modos de vida”, que Max Derruau define como el conjunto de actividades con las que el grupo humano se asegura su subsistencia.
Muchos también han perdido sus casas, que es como perder la memoria porque allí estaba la historia de su vida y todos sus enseres, desde el mobiliario hasta “as escrituras, os retratos da boda, dos avós e dos nenos …”, que estas almas, desgarradas por la tragedia, saben que no van a recuperar.
Lo que procede ahora es que el dinero de las administraciones llegue a estas familias para que puedan rehacer sus vidas y recuperar la actividad, que no tengan que esperar meses por las ayudas que prometieron los políticos cuando hacían la foto en los lugares del desastre.
Después, analizar las causas de esta nueva “edad del fuego” que todos atribuyen a la despoblación del rural, al envejecimiento de la última generación que habita esos lugares, a la desaparición del pastoreo y abandono de los montes, a la falta de políticas de ordenación del territorio… y al cambio climático, nuevo chivo expiatorio.

Todo esto es cierto, pero no nos engañemos, esos factores irán a peor. El cambio climático arrecia, la Galicia rural se vacía y los que quedan allí no tienen fuerzas ni recursos para limpiar el monte, que seguirá abandonado y ardiendo. Estremece el fatalismo de un vecino veterano que concluía impotente con amarga ironía: “no ha pasado nada que no se arregle en cincuenta años”.
Desde hace lustros se habla de elaborar un plan estratégico para ordenar y aprovechar los montes, plan que trasciende a legislaturas y partidos, necesita el acuerdo de los grupos políticos, los estudios de los expertos -Galicia tiene tres universidades-, la colaboración de los propietarios y la implicación de la sociedad. Pero ese plan es el “divertimento” político-académico veraniego y, un año más, está todo por hacer.