“Nicaragua, Nicaragüita…”. José Antonio Constenla


Por razones evidentes, nada de lo que sucede en Iberoamérica debería
resultarnos ajeno, por ello, la persecución de la Iglesia en Nicaragua tendría que ser razón más que suficiente para interesarnos y denunciar las tropelías del dictador Ortega. Un marxista leninista formado en Cuba enfrentado a cualquiera que se oponga a su deseo de conservar el poder y las riquezas acumuladas.
El análisis “Sin Dios y sin ley”, del centro de Estudios Transdisciplinarios de Centroamérica, ya advertía de la confrontación del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo con la Iglesia. Por tanto, no ha de extrañar la expulsión del nuncio, de varios sacerdotes, entre ellos el obispo auxiliar de Managua, o de las Misioneras de la Madre Teresa de Calcuta. Tampoco la quema de iglesias y destrucción de imágenes, la dificultad de acceso de los fieles a los templos, el cierre de emisoras y canales de TV, e incluso el ataque y detención de sacerdotes y obispos.
Este es el caso de Rolando Álvarez, que tras varias semanas retenido en el Palacio Episcopal, finalmente fue “detenido”, acusado sin pruebas de intentar “organizar grupos violentos” para “desestabilizar al Estado y atacar a las autoridades constitucionales”. Las circunstancias y el contexto de su detención
son realmente preocupantes, pues se produce en un momento de grave deterioro de los derechos humanos en el país.
Se busca silenciar las voces críticas para institucionalizar un estado policial y destruir las bases sociales y antropológicas del país. Algo denunciado por el Secretario General de la ONU y por una declaración conjunta de 26 expresidentes hispanoamericanos que señala al régimen por “destruir las raíces culturales y espirituales del pueblo nicaragüense, a fin de hacerlo fácil presa de dominio”.
La dictadura Ortega-Murillo, símbolo de desvergüenza y desfachatez disfrazada de política, aplasta con total impunidad la libertad y lleva al país al borde de un precipicio: clausura de 1.350 ONG, cierre de 14 universidades (varias confiscadas), encarcelamiento de los líderes de los 7 partidos opositores antes de las elecciones, detención de periodistas, cierre de medios de comunicación y exilio de 150.000 personas, según la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.
No me extrañan los silencios cómplices de México, Bolivia, Colombia (desde la llegada de Gustavo Petro), Cuba o Venezuela. Sin embargo me resulta verdaderamente doloroso e inexplicable el de los que deberían ofrecer consuelo a los que sufren persecución por defender su Fe y los derechos humanos.
En su poema Caminos, Rubén Darío esboza las opciones que tiene un hombre en su vida: santidad, heroísmo, tiranía… La última, la peor, ser una dictadura, parece ser el triste destino de la historia contemporánea de Nicaragua.