
Uno de los opúsculos más entretenidos y útiles de Arthur Schopenhauer es “El arte de tener razón”, donde ofrece estratagemas para conseguir imponerse en todo intercambio de ideas, o lo que es lo mismo, sobre como discutir y tener la razón, por fas y nefas, es decir, justa o injustamente. El filósofo pesimista hace gala de su gran talento como escritor y con un ágil y ácido manejo de la palabra seduce a los lectores. Este ensayo analiza 38 estratagemas distintas para vencer (¡no sé si también para convencer!) en un enfrentamiento dialéctico. Las
artimañas que sugiere son tanto legítimas como claramente espurias (criticar aspectos de la personalidad del contendiente, no sus ideas, o incluso recurrir a la grosería).
Esto me lleva a reflexionar sobre un aspecto colateral relacionado y que tiene que ver con la enfermedad crónica de la humanidad de querer tener siempre razón.
En estos tiempos surgen opinadores profesionales, mentes obcecadas, especialistas en crear disputas, artesanos habilidosos en desestabilizar la armonía de todo contexto, con el ego muy grande y la empatía muy pequeña.
Todos empeñados en querer tener razón y demostrar que están siempre en lo cierto, porque han desterrado de su mente la increíble posibilidad de estar equivocada alguna vez.
“Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos?” se decía en el Mercader de Venecia de Shakespeare. Si nos quitan nuestra verdad… ¿acaso no sufrimos? podríamos decir ahora. Si nos preguntamos por qué queremos tener siempre la razón es inevitable hablar de egos, inmadurez emocional y mala gestión de la
contradicción y la frustración. Además, en demasiadas ocasiones vemos que esto nos cuesta caro, porque tal vez logremos desautorizar las ideas de los otros, pero al final acabamos con una razón más y un amigo menos. ¿Vale la pena? Seguramente no.
Aceptar las ideas de los demás es en realidad más sencillo de lo que parece.
Basta con tener presente que ello no significa adoptarlas o validarlas (no significa estar de acuerdo). Escuchar con interés, aunque lo que se diga esté en contra de la propia opinión, es prueba máxima de empatía, respeto y aceptación, claves todas ellas para la convivencia.
Podríamos terminar diciendo también, que discutir y dialogar, ejercer el dominio de la palabra, resulta imprescindible para la formación de los ciudadanos que quieren dedicarse a la cosa pública y es aquí donde resultan especialmentem útiles los consejos de Schopenhauer. Conocer las tretas que ofrece la razón y la imaginación humanas no solo nos permite utilizarlas, sino reconocerlas y contrarrestarlas: cuando escuchamos un debate, el discurso de un candidato político o una exposición de programas ante unas elecciones, conocer los rudimentos del lenguaje nos permite no ser engañados y ser capaces de
oponernos a planteamientos ajenos más allá de pataletas infantiles.



