
Dejó escrito don Álvaro Cunqueiro que “el gallego, gran viajero y emigrante a lejanas tierras, anda buscando siempre en la memoria el aroma del país natal”. La fragancia de la tierra, el buen olor de la memoria es la verdad misma del enraizamiento, del vínculo permanente con la tierra, con los paisanos, con el propio pasar. Somos lo que somos, nostalgia de nosotros mismos, melancolía. Todo crece con la distancia geográfica, antes con la emigración, ahora con los viajes. No habrá nunca una Galicia mejor que la recreada por sus hijos, nuestros hermanos dispersos por el mundo. Quizás tan sólo los creadores, los poetas, los literatos, los pintores y los escultores puedan aproximarse a tanta exuberancia romántica, emocional.
Hoy, la Galicia de la emigración se transformó. En cualquier país de nuestra posición es posible vivir y disfrutar de un bienestar más o menos común, más o menos confortable. Ahora somos una región europea inmersa en las mismas oportunidades que las de los demás. Eso puede influir en una amenaza latente: la desvinculación de los residentes en el exterior, de manera singular al alcanzar las cuartas y quintas generaciones de ausencia de la Terra Nai. Algo habría que hacer al respeto más allá de pensar en los votos para las elecciones.
Los tataranietos de nuestros emigrantes demandan concepciones más abiertas en todos los órdenes. Están mejor formados y son más exigentes y cultos, más tolerantes, más solidarios, hablan idiomas, viajan. La respuesta madura a las inquietudes de estas generaciones del siglo XXI hay que dársela desde el referente de lo que representa ser gallego y, para eso, hay que informarlos de que sus oportunidades se forjaron en múltiples historias personales, tan intensas como atesorables. Esa información, junto con nuestra cultura y la persistencia de nuestro idioma, serán el mejor legado para que puedan competir con criterio y orgullo de buenos gallegos en el impredecible futuro.
Allá por 1920, John de los Passos delataba una realidad evidente: “Vaya usted al fin del mundo y encontrará un gallego”. El periodista y escritor estadounidense, de Chicago, en plena efervescencia de los años locos, de la mafia, discernió de la importancia del número, de la influencia, de la capacidad de penetración en las sociedades ajenas de unos esforzados chicos que llegaban de una Europa donde no habían encontrado su oportunidad. Quizás a un intelectual de su categoría le llamó la atención que con ellos habían transportado una cultura, una lengua y una forma de ser, una especie de confraternidad que tan sólo se produce en el alejamiento de donde uno nació.
En la tierra de todas las preguntas, tiene que haber una respuesta en tiempo real a la exigencia que nos demanda la posteridad: lograr que el sentimiento de lo gallego perdure para siempre, eso o fracasaremos en una parte esencial de nuestro objetivo como pueblo.
Con la historia de la odisea de Galicia, con los saberes, debemos acercarnos a los muelles del futuro, dispuestos a recibir los gallegos del porvenir con lo mejor de nosotros mismos. Con los hilos deshilvanados de nuestra Historia en común tenemos el deber de comenzar a tejer nuevas emociones, pregonar que antes hubo otro antes, otras arribadas y otros gallegos que un día, hace ya algún tiempo, iniciaron un viaje que continuará para siempre jamás en el navío de Breogán..
No sé si se supieron, John de los Passos y Álvaro Cunqueiro, pero el norteamericano de ascendencia portuguesa, quizás desasosegado después de tanto viaje, también dejó escrito: “Puedes arrancar el hombre de su país, pero no puedes arrancar el país del corazón del hombre.”
La historia continuará y descubriremos que el verdadero viaje por Galicia es el retorno a ella misma.



