“¡Qué difícil es el perdón!”. José Antonio Constenla

“El perdón” es un drama iraní dirigido por Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha que nos muestra a una mujer, Mina, cuyo marido es condenado a muerte, tras ser acusado de un crimen que perpetró el único testigo que lo inculpó. Sola, desvalida, acosada por el sistema y con una hija sordomuda, pretende limpiar el buen nombre de su marido y obtener la disculpa sincera de los que cometieron tal injustificable error. De gran profundidad e inteligencia, el relato presenta dilemas éticos como la injusticia social, la culpa, la pena de
muerte, la Sharia islámica del ojo por ojo, o la situación de la mujer en Irán.
Aunque entre todos destaca el perdón.
De acuerdo con la Real Academia, la palabra proviene del vocablo latino “per” que significa dejar pasar y “donare” que significa donación o regalo. Por tanto, se puede definir el perdón, como dejar pasar una ofensa o regalar a otro la indulgencia de ignorar lo que nos ha causado daño, dolor o aflicción, por un
interés superior como vivir la caridad.
Muchas son las dudas que pueden surgir, ¿Por qué pedir perdón? ¿Se perdona poco? ¿Es exigible arrepentimiento? ¿Cómo procede darlo? ¿Hay límites? ¿Pedirlo es humillarse? Ciertamente, son preguntas genéricas que motivan respuestas a la gallega, “depende, todo depende”.
Pedir perdón no es sencillo e incluso requiere de más coraje que empuñar un arma, tal y como afirma en la cárcel Joxe Mari, el terrorista de ETA de Patria, la novela de Fernando Aramburu. Requiere humildad, sinceridad, un poco de práctica y empatía para entender que el otro se haya sentido molesto por
nuestro error.
En un mundo relativista, se cae en el error de que el perdón, su petición, el intento de regenerar lo dañado, no es preciso, es igual, da lo mismo, porque lo que a ti te duele a mí no. Asimismo, tampoco se da importancia, otro error, a la manera en que se pide, ya que no todas son válidas. Algunas son falsas como una moneda de 5 euros y resultan contraproducentes, y otras, sencillamente, un insulto.
Si resulta difícil pedir perdón, no lo es menos aceptarlo. Es un acto que conlleva navegar por un mar de emociones tan justificadas como normales, ira, tristeza, desolación, frustración, rencor. Asimismo, cuando perdonamos, pero no olvidamos, no avanzamos y hacemos que nuestra vida se atasque en el daño y en la herida. Tiene que ser algo más que un gesto, debe ser verdadero y pasar por la comprensión, la calma, la reflexión, incluso la valentía.
En tiempos de polarización, cuando la ideologización de la historia y los desprecios corren sueltos de un lado para otro, conviene tener presentes las palabras de la madre Teresa de Calcuta: “El perdón no es un sentimiento, es una decisión; porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió”.