“Acelerados e impacientes”. José Antonio Constenla

¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos despertamos? Para muchos, casi sin pensarlo, desbloquear la pantalla de su móvil y ver qué ha pasado mientras dormían. La tecnología, e Internet, en particular, son ya una presencia constante en nuestras vidas desde que nos levantamos hasta que nos dormimos. Y ahora que tenemos dispositivos que monitorizan hasta el sueño, la tecnología se mete también debajo de nuestras sábanas.
Internet está por todas partes. El 96% de las viviendas dispone de banda ancha o Internet móvil y el 93,3% de los españoles ha accedido a algún tipo de contenido digital, al menos una vez, en el año. Esto supone que, de media, pasamos un tercio de la vida conectados: 28 años, 9 meses y 10 días. Cada semana dedicamos 58 h. a Internet, 20 a trabajar y 38 a otras actividades.
De esta conexión constante se derivan consecuencias. Una de las más preocupantes es que se ha desdibujado la línea que separa la vida personal y profesional. Los trabajadores quieren flexibilidad y desean salvaguardar su tiempo de ocio, pero las compañías confunden en ocasiones flexibilidad con
dedicación total.
No desconectar también afecta a la capacidad de decisión o a cómo disfrutamos del día. Las nuevas tecnologías nos están cambiando la vida y alteran nuestra relación con el tiempo. Por un lado, tenemos la impresión de que vuela, propulsado por el teléfono móvil, convertido en apéndice de nuestro cuerpo. Por otro, hay momentos en que ese mismo artefacto actúa como un auténtico congelador de instantes, todo se detiene a la espera de una respuesta que nunca llega.
Al buscar informarnos en las redes sociales cometemos el error de quedarnos con lo primero que leemos, con los titulares y fragmentos de noticias.
Rechazamos segundas opiniones, lo que limita nuestra capacidad de profundizar y nos lleva a vivir en sociedades más polarizadas.
¿Es posible romper con ese patrón y vivir de una manera distinta? Desconectar en un mundo hiperconectado puede parecer complicado, pero no es imposible. A veces, implica simplemente cambiar la relación que se mantiene con la tecnología y reducir la dependencia de los dispositivos de última generación.
Sin embargo, el problema no parece estar tanto en las herramientas, como en el uso que estamos dispuestos a darles dentro en nuestras actividades cotidianas, en los círculos sociales o en las relaciones familiares.
Para reflexionar sobre todo esto nada mejor que hacerlo ahora, entre los amores y devociones, emociones y fervores, que nos ofrece la Semana Santa.
En este momento de especial sensibilidad espiritual y de pérdida de la noción del tiempo, cuando conmemoramos el más grande acto acontecido en la humanidad: la renovación de la Pasión del Señor, que murió en la Cruz por la salvación del mundo.