“Tontos muy tontos”. José Antonio Constenla

27 Marzo 2022

Rocío Carrasco, Bárbara Rey, Ana Obregón… y ahora también el presidente
del Gobierno. Pedro Sánchez, capaz de batir cualquier récord imaginable de
obviedades, banalidades y tópicos, se sube al carro de las docuseries y junto al
resto de su gabinete protagonizará una serie de cuatro capítulos para
televisión. Más que la versión española de El Ala Oeste de la Casa Blanca creo
que lo que saldrá es una película de los hermanos Farrelly, o una secuela de la
comedia Aquí no hay quien viva.
El Eclesiastés, habla de un número infinito de tontos y en el idioma de Cervantes se citan más de quinientas palabras con ese significado, algunas verdaderamente divertidas: pavitonto, majagranzas, ablandabrevas, pelahuevos… La RAE define tonto como “falto o escaso de entendimiento o razón”, por tanto, más que un insulto parece una desgracia.
La tontería puede ser un estado del alma, transitorio o permanente, en el que cabe distinguir entre tontos inocentes, culpables y dolosos. Los primeros no tienen la culpa de su estado, ya que incluso desearían no serlo y acaso lo intentan sin éxito. Los segundos son culpables ya que en su mano estaría evitar su condición y no lo hacen. Los últimos, lo son a conciencia, vocacionales y con entusiasmo, es decir: tontos militantes y a mucha honra.
Por tratarse de un mal que aqueja a las personas, la tontería se puede censurar, incluso afear, pero siempre salvando la dignidad del tonto. Es como el caso del pecador y el pecado (¡aborrece el pecado ama al pecador!). Con relación a su curación no conviene hacerse ilusiones ya que a lo más que se
puede aspirar es a atenuar los síntomas más perniciosos.
Tristemente encontramos tontos en todos los rangos sociales y profesiones y nunca están solos, quizás porque la tontería compartida resulta confortable y da seguridad. Los hay también en nuestro Gobierno, donde se ha instalado una especie de modalidad de competencia perversa que parece proscribir el talento y favorecer una siniestra selección adversa que excluye del horizonte de posibilidades a los mejores y más valiosos.
En este punto encuentro algo de consuelo en que esto no sea algo que suceda sólo en nuestro país, tal y como defiende Alain Denault en su obra “Mediocracia: Cuando los mediocres llegan al poder”.
Si bien la meritocracia es el gobierno de los mejores, la mediocracia sería el gobierno de los mediocres y su cuestión como plantea Denault, lejos de ser algo retórico o irónica, se trata de una cuestión inquietante con profundos anclajes en nuestra realidad cotidiana e insospechadas derivaciones que van
mucho más allá de la trivialidad más o menos morbosa.
La política no es necesariamente el reino de los mediocres, pero hay muchos tontos, perdón, mediocres y algunos ahora además se han metido a actores de telenovela. Y de Marruecos ya hablaremos en otra ocasión.

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