“Consensos políticos centrados”. Alberto Barciela

La máxima expresión de libertad es el diálogo. Don Alonso Quijano y Sancho Panza caminan entre horizontes, conversando, en disímil espontaneidad, de vidas y afanes. Con ellos platican la locura y la cordura, el pueblo y el caballero, el refrán y la cita erudita. Un personaje otorga sentido al otro. Nada son sin refrendatario. El mismo literato antiguo, en este caso Cervantes, lograba comunicarse con sus lectores, durante siglos. El diálogo es el gran eslabón evolutivo. Representa un paso civilizatorio, cuyo paradigma moderno ha sido trastocar el confesionario en el psiquiatra, la razón de un dios por la sinrazón de las mentes.
 
            Somos pocos, pero tan inmensos que, juntos, nuestro tamaño tiene la dimensión del mundo, con su Historia. El afecto y el amor son nuestros mayores alcances como especie sensitiva, la palabra como expresión de individualidad y elemento civilizatorio. El otro, el entendimiento con los demás, ha supuesto la mayor conquista.
 
            Los inmensos avances tecnológicos se imponen sin más tamiz que la intuición trasladada a la pantalla, a 140 caracteres, a un vídeo espontáneo. Antes tic tac, ahora Tiktok. Las prisas amenazan al ser pensante. Parecemos hacernos rotar, cual girovantes, sobre nosotros mismos, como eje de un universo intransitable por otros seres. Quizás estemos en la era de la egolatría espejada, en la que cada uno con su ruido instantáneo busca la implicación de los demás en su propio ser. Mientras resulta que en verdad todos somos manejados por los oscuros poderes de las redes, por los dominadores de datos -las nuevas almas-, por los mismos que condicionan la capacidad expresiva con la in-libertad paradójica. Para los rusos no existe la guerra, o eso intentan Putin y sus secuaces.

En un mundo aparentemente global, la alteridad se insustancia en la falta de diálogo con uno mismo, en la irreflexión por carencia de tiempo. La suma de genética -familia-, cultura -sociedad-, educación e imaginación -creatividad- se entregan al poder -política- y al negocio -economía-. Las mafias instrumentalizan el teórico diálogo, mientras el ser, complacido en el consumo, se instala en la salvación individual, en un vivir el ahora mismo. Todo ocurre en un sociedad en la que la posteridad cada vez dura menos. Posiblemente incluso le ocurriría hoy al Manco de Lepanto.
 
            Lo que de verdad engrandece a los líderes es ser hombres, no es su historia, reescrita por sus aduladores y repetida por sus cortesanos.
 
Por otra parte, el silencio enciende bombas, mata al hombre, permite discriminaciones, tapa privilegios, esconde injusticias. Enrique Tierno Galván dejó dicho que la democracia es la transposición de lo cuantitativo a lo cualitativo: que lo que quieren los más se convierta en lo mejor. Esa debería ser la actitud, ese ha de ser el objetivo de los Feijoo y de los Sánchez, de las Arrimadas y de todos los demócratas.
 
Plutarco lo señaló en el primer siglo de esta era: “La verdadera amistad -dijo- busca tres cosas: la virtud, por honesta; el diálogo, como deleite; y la utilidad, como necesidad”. Siquiera solicito afecto a la clase dirigente, sí sentido común para acabar las guerras, con las injusticias e incluso con los virus. Para prevenirlos.
 
Salud, paz, bien, y en el Parlamento, consensos centrados en lo esencial. En todo, sentido de Estado.
 
            En algo podemos estar de acuerdo: los extremismos siempre fueron peligrosos. Vale.