“La inundada España seca”. Xosé A.Perozo

Por los años ochenta, un día me acerqué a las tierras de Granadilla, en Cáceres, para ver una población medieval amurallada, transferida al mapa de la España inundada por el pantano de Gabriel y Galán. Presentí que el poeta se había removido en la tumba al ver su nombre bautizando aquel mar interior. Pocos años atrás me entretuve en Belesar contemplando lo emergido del antiguo Portomarín en el Camino de Santiago, anegado en los años sesenta. Quizás este domingo vaya a Aceredo, en Lobios, pueblo ourensano ahogado en los años noventa por el pantano de Lindoso en Portugal. Estos son sólo tres topónimos famosos por un disparate histórico vigente.

Cada vez que vuelve la pertinaz sequía nos vamos a hacer turismo a los lugares de la nostalgia y muchos tiran de la mentirosa historia de los pantanos del franquismo, del gran legado que la dictadura pretendió apuntarse en su haber. No es cierto. La lucha contra la España seca empezó con el Plan Gasset de 1902, intentó darle impulso la Segunda República con el Plan Nacional de Obras Hidráulicas de 1933, del socialista Indalecio Prieto, vigente hasta que lo remodeló el dictador, no tanto para regar como para contentar y engordar los bolsillos de los amigos vinculados a las hidroeléctricas. Hoy vemos que de nada sirvieron esfuerzos, inversiones, la ruina de poblaciones, la desolación de campos de viñedo, de cereal, de olivares…

El desierto avanza por provincias del sur como Almería o Murcia, por algunos territorios del Plan Badajoz, por la España abandonada de Castilla y León y hasta por espacios conocidos de la Galicia verde y húmeda. Los pantanos, lejos de ser la solución se han convertido en esqueletos, que de cuando en vez dan la voz de alarma ante el gran problema universal de la falta de agua para mantener la vida y dar alegría a la locura del consumo. También deberíamos poner la mirada y el aviso en la sobreexplotación de los acuíferos, como sucedió con Los ojos del Guadiana. O cuando el gobierno andaluz de Moreno Bonilla decide estos días legalizar peligrosos campos de regadío en el contorno del Parque de Doñana, con el respaldo de Ciudadanos, la exigencia de Vox y la increíble abstención del PSOE de Andalucía. Y esto sucede cuando la mitad del campo español de cultivos está en alerta por la sequía.

El fracaso de las sucesivas políticas de construcción de pantanos, convertidos en obras públicas especulativas, productores de energía —en decadencia por la falta de agua— y de escaso valor para la agricultura y ganadería, da la impresión de que no interese a las instituciones. El problema del agua se diluye en disputas localistas o provinciales y estamos a un paso de sacar en rogativas a las vírgenes y santos de los pueblos para pedir que llueva cuando lo necesitemos, sin entorpecer al negocio turístico.

El agua es un bien necesario, escaso y medido. Los chinos están empleando revolucionarias técnicas para generar lluvia. En Japón han puesto en marcha un plan de reutilización eficaz del agua. Los inversores norteamericanos han comprado acuíferos para sacar su agua a bolsa. Los países nórdicos han optado por la educación en escuelas y universidades… Aquí elegimos hacer fotos a los pantanos secos.