“Viento del Este”. Jacobo Otero Moraña

Pasaron ya muchos años desde que aquellos primeros atuneros con pabellón ruso y nombres en caracteres cirílicos, atracaron por primera vez en nuestro puerto. Unos y otros descubrimos entonces una realidad que hasta entonces solo conocían aquellos que por avatares del destino ,navegaron en flotas que tocaban los siempre herméticos puertos soviéticos. Pero aquí, y tal como dice el tópico, el mar lejos de separar, une a los personajes más variopintos. Los rusos resultaron ser más sociables de lo que imaginamos, y pronto se puso de manifiesto que esas normas de trueque rompen cualquier traba que se derive de las complicaciones propias del idioma. Muchos se llevaron a sus casas o bares, atunes del tamaño de un torpedo. A cambio, los eslavos se hacían con joyas tan curiosas como un saco de limones o botellas de nuestros vinos y licores. Recuerdo a un amigo que gracias a esos cambalaches me enseñaba su nuevo reloj, donde gracias a la similitud entre su alfabeto y el griego, podía leerse “Spectrómetro”. O el comentario que un jefe de máquinas de Odessa le hizo al farmacéutico cuando este le preguntó si había algún herido en la tripulación al ver como se llevaba varias garrafas de alcohol 96. Bastó el gesto del dedo pulgar apuntando a la boca y una carcajada.

Cierto que no todo fue armonía. Creo que algunos recordarán aquel barco, cuyo oxido extremo no podía disimular la pintura gris camuflaje, que la compañía dejó abandonado junto a su tripulación y como a varios de ellos hubo de asistirles el párroco a través de Cáritas, para que tuvieran comida, ropa y alojamiento hasta que fue posible su repatriación. Y otros, que una vez se les subía a la cabeza el “metílico” creían que cualquier local del puerto era idóneo para montar un octágono de la UFC. En cualquier caso, hay que agradecer que estos últimos fueran los menos. Y todo esto viene a cuento a raíz de la tensión que en estos momentos se vive entre este y oeste por la más que previsible invasión de Ucrania a manos del Ejército Ruso.

Se escuchan voces que hablan de equidistancia,cuando no de abierta simpatía hacia Moscú. Y es entonces cuando creo que antes de diluir responsabilidad o voltear la carga de la prueba,sería conveniente recodar ciertos detalles. En 2004,el primer ministro Yushenko,sufrió un intento de envenenamiento con dioxina. Un atentado que,aún teniendo éxito parcial,tenía como fin minar el acercamiento de Kiev a Occidente en favor del candidato prorruso. Este, acabó alcanzando el poder por vía de las urnas a pesar de las denuncias de fraude,y de golpe y plumazo,desaparecieron de los archivos sus antecedentes criminales,acumulados entre 1967 y 1978. Y es que se ve que a Yanukovich le iba bien teniendo un amigo como Putin. El mismo que en 2013, en la más pura dinámica estalinista,ordenó a su bufón romper el acuerdo de adhesión a la UE. Si a ello sumamos la invasión de Crimea y la cuenca del Donest,normal que los ucranianos estén mosqueados al saber que hay cien mil soldados rusos a pocos kilómetros de sus fronteras.Así que eso de que la OTAN es tan culpable como el nuevo Zar es, cuando menos, dudoso.

Porque Putin, a pesar de los años, no olvida que era coronel del KGB y prueba de ello es que sigue caminando como si llevase una Makarov adosada a su cintura en una funda de extracción rápida. Y quizá por eso, su nombre aparece relacionado con casos tan oscuros como el del asesinato de Anna Politovskaya, Alexander Litvinenko o Skypral. La periodista investigaba los atentados que justificaron la invasión de Chechenia, mientras que los otros dos, eran antiguos agentes de inteligencia envenenados con Polonio 210 y Novichok.

Con tales antecedentes,y si yo fuera ucraniano, también estaría más que preocupado.

No sé como acabará esto, pero espero sinceramente que se produzca una desescalada. Y aunque no creo que sirva de mucho, tal vez sería interesante que nuestras autoridades locales enviasen una invitación formal al amo del Kremlin. Puede que los aires barbanzanos le sentasen bien y se recuperase parte de aquella entente que se vivió con los atuneros del Mar Negro que llegaron en los 90.