“Don de las albricias”. Alberto Barciela

            En nuestra tradición católica, desde Oriente llegan los Reyes Magos con su porte elegante de ilusión.

            Sócrates regalaba un espejo a sus discípulos para que, si eran bellos, lucharan por ser honorables, y si eran si feos, como él, se esforzaran por ser sabios. Él conocía, y lo recordó Jenofonte, que solo las almas ruines se dejan conquistar con presentes. El filósofo, hijo de escultor, aprendió a pensar y a modelar reflexiones que todavía nos resultan muy útiles. Decía saber que no sabía nada y sabía muy bien cómo preguntar el porqué de las cosas.

            Francisco de Quevedo advertía que quien recibe lo que no merece pocas veces lo agradece, y Lope de Vega afirmaba que en los amigos, los presentes son amor, en los amantes cuidados, en los pretendientes cohecho, en los obligados agradecimiento, en los señores favor, en los criados servicio.

            Es tiempo de afabilidad, bonhomía y obsequios, pero los afectos ni se empaquetan ni pueden disimularse para siempre. Mi gratificación más preciada son las palabras, los libros, las lecturas, los subrayados, los pensamientos sintéticos y acertados, y las conversaciones demoradas con buenos amigos.

            En estos días tan especiales, quiero compartir algunas apreciaciones.

            Sólo los artistas pueden permitirse el lujo de exagerar el verbo y perdurar durante siglos, aun trasgrediendo normas y miramientos alterados por el paso del tiempo. A ellos se les concede traspasar intangibles: eclipses de luna, puestas de sol, silencios, miradas cómplices o furtivas, perfumes y esencias, reconstrucciones de ciudades míticas… En sus escritos o en sus lienzos, un copo de nieve o una ventisca pueden convertirse en dones impagables, tan eternos como un beso o una ola.

            En su ensayo El don, el antropólogo Marcel Mauss nos ilustró sobre la voluntad de entregar algo como un acto de reciprocidad, una oportunidad para la generosidad, la cortesía y el altruismo, y a través del que se adquieren ciertas responsabilidades. Corresponder no es exactamente obligado, pero es tan educado y cortés hacerlo como valorar, cuidar y/o preservar lo obsequiado.

            Con este mismo hilo participo un razonamiento de Estrella de Diego, ensayista, catedrática y crítica de arte que, a mi parecer, eleva el anterior argumento al trasladar el ejemplo del reloj al mundo del arte. En su opinión, una obra es algo cuyo valor inmaterial es superior a su precio, fuere el que fuere. El que la recibe adquiere una dote y algunas responsabilidades: protegerla, conocerla, compartirla, completar su estudio y entregarla al futuro. Ella se refería muy significativamente a lo donado a un museo.

            Como ejemplo, en lo tangible, Aurora Bernárdez, la primera esposa de Julio Cortázar, legó a Galicia el archivo fílmico y fotográfico del autor de Rayuela, y una responsabilidad cierta en su conservación. El escritor argentino observaba en el Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, en “Historias de cronopios y famas”, que “cuando te regalan un reloj te regalan algo que es tuyo pero que no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan la tendencia a comparar un reloj con los demás relojes,… no te regalan un reloj, tú eres el regalado”.

            Posiblemente el regalo más acertado sea el inesperado. Quizás lo logre en este artículo si les traslado un extracto de mi Colección de buenas intenciones, en el que se oculta el oro, el incienso y la mirra del significado de aquello que dirigí en ocasiones significadas a algunas escogidas amigas como Nélida Piñón, Marta Álvarez o María Boza, palabras que intentan hacer buenos los propósitos, el deseo de provocar algo más allá de lo material, lo que siquiera supone un gasto banal, pues no ocupan más que unos segundos de lectura. Lo hago porque entiendo que con ello logro una cierta empatía y un vuelo de imaginación. Con satisfacción, les lego algo hasta ahora íntimo:

            … Les voy a regalar la tierra de todas las músicas, un tango de ron, un frasco de ternura, un reloj de arena con un tuareg y dos dromedarios, una caja de olas -sin tempestades-; un desván de sueños; siete rosas ilusionadas; tres frases de “El Principito”; unas gotas de ambigüedad; dos recetas de bondad, una algo picarona; una colección de ilusiones perfectamente ordenadas y otra de dedicatorias sin doble sentido; tres párrafos de utopías diversas; un momento de invisibilidad; borradores de cartas, nidos abrileños, poemas enfrascados, un asombro concreto, una lupa para agrandar a los demás; recuerdos de amores reiterados y disensos; una coreografía difusa; ámbar, caracolas, azafrán, un sombrero de paja, un tozo de caoba vieja y estas pocas palabras, resumen de todas las anteriores, y preludio de toda una eternidad de más palabras, de más sentimientos, de más quereres y también de algunos desencuentros más. Les voy a regalar: mis palabras.

            Reciban en presente el testimonio de mi gratitud. El que escribe nada es sin sus lectores. Acepten mi humilde regalo y con él el testimonio de mi afecto. Si las aprecian, regalen palabras, son como el espejo de Sócrates. Ejerzan con proverbial generosidad el don de las albricias.

            Buenas noticias, salud y momentos de felicidad para saber algo cierto: cada día es parte de la eternidad y merece ser disfrutado con aquellos que merecen nuestros regalos.