“Akelarres etarras”. José Antonio Constenla

Durante décadas, los criminales de ETA estuvieron muy presentes en nuestras vidas. Parapetados tras sus pasamontañas, pegaban tiros en la nuca, ponían bombas debajo de los coches o extorsionaban. Sin embargo, una buena parte de la sociedad vasca los veía como héroes y otra, como instrumentos útilespara extorsionar al Estado con el fin de conseguir recursos y transferencias de competencias (“mientras ETA agita el árbol, el PNV recoge las nueces” decía Xabier Arzalluz). A pesar de su derrota, algunos nos han dejado de organizarles actos de reconocimiento. ¿Alguien puede imaginar el disparate de homenajear a Jamal Zougham y Abdelmajid Bouchar, autores de la matanza
del 11M, o a violadores y pederastas convictos?
Un homenaje siempre es una ceremonia de reconocimiento a una persona que ha hecho algo bueno, especial… Pero, qué ha hecho Henri Parot, con un rastro de terror que incluye más de 200 víctimas, 39 asesinatos y el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza que dejó 11 víctimas mortales, 5 de ellas niños.
Las concentraciones del pasado fin de semana para apoyarle son indignantes y una nueva humillación a las víctimas. Esto pone de manifiesto que, como escribió William Shakespeare, “algo huele a podrido en Dinamarca” (en este
caso en la sociedad vasca), ya que el entorno de la banda terrorista parece seguir contando con apoyo social y mediático.
El Ejecutivo de Pedro Sánchez quiere pasar las páginas de la historia de España que más estorban a sus socios golpistas, separatistas y herederos de ETA. Es una paradoja que el que está empeñado en revivir día tras día la
Guerra Civil, las cunetas y el franquismo para seguir sembrando división y discordia, en lo relacionada con ETA nos pida justo lo contrario: mirar al futuro autoimponiéndonos una especie de amnesia colectiva y selectiva.
Desde el momento en que aceptó pactar con Bildu, optó por abandonar una forma de entender la política, basada en el principio democrático de no deber nunca nada a quien legitime la violencia y el terror. Es triste que a los que se
les llena la boca con las palabras democracia, progresismo y memoria histórica, no sean capaces de defender y honrar a las víctimas. Aunque en esto, no solo ellos son culpables, tienen también su parte de responsabilidad aquellos intelectuales y periodistas, cómplices de su deseo de pasar página y olvidar esa parte de nuestra historia.
Defender la “Memoria Democrática” (con mayúsculas), supone que las Cortes aprueben una ley que ilegalice a los herederos de ETA y su apología del terrorismo. Asimismo, el deber ciudadano de no olvidar a los 850 inocentes que
a lo largo de casi medio siglo fueron asesinados, a los miles de mutilados, secuestrados y extorsionados, pasa por combatir pacíficamente, pero con firmeza, los discursos y ceremonias en que los terroristas son ensalzados como
héroes.