“Afganistán, entrega dieciséis”. Jacobo Otero Moraña

Mucho se habla estos días sobre la inestabilidad perenne de esta región. Algo que no es ni mucho menos de ahora, sino que desde que existen anales históricos, todos coinciden en lo mismo. Aquel territorio yermo y casi inhóspito, parece que sólo produce hijos indomables. Los persas lo sabían, así que a pesar de la vecindad, se cuidaban bastante de enviar legaciones hacia su frontera oriental. Los contingentes de tropas desaparecían, y ni siquiera la casta sacerdotal era respetada por las tribus montañesas. El gran Alejandro de Macedonia se desvió hacia allí, no sabemos si por despiste, afán explorador o por vengar a quienes mataron a su rival, el rey Dario. Sea como fuere, sus guerreros se las vieron y desearon para someter el territorio. Dos años, que se dice pronto. Y hasta la fecha, los únicos que puede decirse que vencieron. Ahora bien, el desgaste fue tal, que al llegar a la India, los macedonios hubieron de dar vuelta con más pena que gloria.

Pues al llegar el S XIX, se puso en marcha lo que se conoce como “Gran Juego”. Una partida estratégica donde británicos y rusos se emplearon a fondo. Un trabajo de zapa que inspiró al gran Kipling varios relatos y su novela Kim. Curioso que luego fuera uno de sus más ilustres traidores quien llevase el famoso apodo por haber nacido en tierras del actual Pakistán (hablo de Philby).

Pero si hubo un relato ilustrativo, que luego el maestro John Huston convirtió en fabulosa película, es EL HOMBRE QUE PUDO REINAR. Dos suboficiales británicos oyen el mito de un reino que rebosa riquezas al otro lado de la cordillera del Indukush, y ni cortos ni perezosos, emprenden camino cual antes hicieran nuestros exploradores en busca de Eldorado. Cuando llegan, topan con una realidad sorprendente. Para unos son dioses, pero esa casta sacerdotal no cree que aquel par de pícaros tengan el menor atisbo de divinidad. Más allá de las moralejas, la realidad que reflejan es la que ha topado cualquiera que tuvo la osadía de adentrarse en la zona. Ni siquiera hace falta que un ejército extraño( lleven corazas, casacas y salacots, estrellas rojas en sus gorros de piel o la más moderna equipación), ponga pie allí, porque ellos solos se odian y matan con peculiar saña. Dan igual los lazos de sangre o la tribu. Sin haber tenido el menor contacto con ellos, a veces parece que estamos ante una versión asiática de las conspiraciones romanas, de los reyes godos o de la Italia renacentista.

Es como si al final, todo ese remanente atavico que lleva a matar a tu hermano, y que la tradición judeocristiana refleja a través de las figuras de Caín y Abel, se hubiera concentrado en la genética afgana. Otros, parece que lo hemos ido apartando hasta zonas insondables de nuestros cerebros, pero ellos lo llevan a flor de piel. Entre su tendencia innata y lo que otros les fomentan, tenemos la cuadratura del círculo.

Ahora que el país está de nuevo en manos del Talibán , preparemonos para endurecer aún más el estómago. Las noticias que llegan de Kabul no son precisamente alentadoras. A ello sumar que a nuestro ejecutivo le exigen dos cosas para dejar salir a los colaboradores :reconocer a su gobierno y dinero.

Viendo lo que ha hecho nuestro presidente con formaciones como ERC o Bildu, es para temblar.