Manuel Tizón Lago, a quien todos conocían como Nolo, se ha marchado con el silencio de la última marea, dejando un vacío tan hondo como la bajamar en la ría que tanto amó. Ya forma parte del territorio de la memoria más tierna, convirtiéndose en una pieza fundamental e insustituible para comprender la frágil belleza de la Playa de Arealonga en Chapela, aquella que él mismo rescató del olvido y de la amenaza cierta de la desaparición, tras los rellenos.

Hombre curtido en la mar como patrón de pesca, entendía el idioma secreto de las olas y los esteros, y por eso mismo conocía con precisión la solución exacta que el lugar demandaba. Con una insistencia inquebrantable, casi quijotesca, la defendió durante años ante despachos y administraciones: Costas, la Xunta de Galicia, el Ayuntamiento de Redondela, el Puerto de Vigo, la Comandancia de Marina. Explicaba, con la paciencia de quien sabe que lleva la razón esculpida por la sal, cómo el arenal agonizaba perdiendo sus fondos con cada pleamar caprichosa. Ganó aquella partida decisiva y salvó el arenal porque su conocimiento, su convicción profunda y su amor incondicional por aquel lugar mágico —donde resistió abierta la fábrica de conservas más antigua de Europa— vencieron en una batalla medioambiental solitaria, donde brillaron por su ausencia las pancartas de los activistas, las siglas ideológicas o las sensibilidades de salón. Pero a él, hijo de Juanito Tizón, O Guapo de Teis, y de Josefa, sobrino entrañable de la señora Gumersinda y de Nés, y primo de Antonio Castro, le pertenece por estricta justicia poética el orgullo eterno de que Chapela conserve hoy su playa.
Manolo fue un espíritu introvertido, de carácter recio y personalidad insobornable, a veces incomprendido por la superficialidad ajena, silencioso la mayor parte del tiempo, pero contundente y certero cuando la ocasión lo exigía, y siempre fiel a los suyos. Su existencia verdadera transcurrió mucho más tiempo a bordo de su embarcación, el “Manuel Antonio”, que pisando firme la tierra firme. Cada tarde cruzaba las aguas hacia Moaña para recoger a la mayor parte de su tripulación, tejiendo una rutina de esfuerzo y respeto, cada mañana regresaba tras detenerse, en los días de pesca comercilizable, en El Berbés, su otro territorio. Desde su juventud, casi infancia, fue un rostro respetado y querido en ese mercado, admirado por su maestría absoluta en las artes marineras. Al llegar la jubilación, cambió la bajura por la pesca deportiva, dominando los fondos de la ría como pocos, pues conocía cada marca, cada piedra, y también por las sabias partidas de cartas en el Centro Recreativo de Chapela, como ya hacía antes en sus días libres.
La estirpe marinera que lo sostiene es profunda: sus hermanos Juan y José Tizón, sus sobrinos Juan, Manolito, Nito, Ángel, José Antonio y Ladi, y sus cuñados Camilo Losada y Manolo Rivero, unidos a Tilde y Gloria, compartieron lazos con la mar como armadores o patrones. Resulta emocionante pensar que se podría escribir una genealogía entera del mar que incluyera al señor Juanito y a la señora Gumersinda, posiblemente la sociedad más longeva y constante en la industria pesquera viguesa desde que ella enviudara de Nés allá por los años cuarenta. Geni y Jose del “Kima”, su hijo Jose, junto a Bea y Camilo Guinarte, de ABANCA, completan los hilos más próximos de una historia familiar profundamente arraigada en las entrañas mismas de la Ría de Vigo.
La marea se retira en este atardecer melancólico, pero siempre regresa para recordarnos que hubo hombres hechos de la misma madera que el paisaje, capaces de sostener un hábitat y una cultura entera frente a la desidia. Sería un acto de infinita justicia dedicarle un paseo junto al mar berete, el suyo propio y el de todos nosotros. Nolo regresará con cada pleamar. Mi cariño a su familia, que es la mía. Descanse en paz.
Alberto Barciela
Periodista



