Una vez que nuestra madre nos da a luz, consideramos, de modo especial los gallegos, que nos hemos aferrado a una tierra y a un domicilio concreto, hasta el punto de que la famosa “morriña” nos acompaña siempre que hemos de emigrar, en especial si la estancia es larga y por necesidades de trabajo.
Algo semejante ocurre con el pueblo e incluso con la casa en la que hemos nacido, aunque no por ello dejamos de trasladarnos a otro domicilio o a otro lugar cuando queremos independizarnos.
De todos modos, hay algo que duele, y es el desahucio forzoso. Cuando existe una relación estrecha y amigable entre los propietarios y los inquilinos, el desahucio no es fácil que se produzca. En otras ocasiones, sin embargo, cuando unos u otros no cumplen con los cometidos que señalan las leyes, lo más normal es que, si el incumplimiento se debe a los inquilinos, quizás después de ser advertidos sin fruto en varias ocasiones, se lleve a cabo el desahucio.
El desahucio, en principio nada deseado, es algo que se debería evitar con leyes justas, cuando un Gobierno tiene tiempo para hacerlas valer con los métodos propios de la democracia. Lo que no parece procedente es que multitudes de personas que en este caso como el de hoy ni siquiera conocían a la desahuciada, lleguen a provocar un grave trastorno social en diversas ciudades, para hacer frente a uno de los doscientos mil y pico desahucios que se han producido en nuestra nación.
Ahora, cuando ya le ha llegado la muerte a Mary Carmen, la persona desahuciada, sin que hayan dejado de ofrecerle las atenciones pertinentes en el hospital, procede, al no poder ya pedirle excusas tantos que, con sus acciones, han precipitado la llegada de su muerte, hacer ahora lo que esté de su mano para “evitar el desahucio definitivo”.
Se trata de dirigir oraciones y hacer ofrendas de tipo eucarístico, que lleguen a quien puede acoger a la desahuciada de aquella casa terrena, en la vida para la que el Señor la creó. Las fuerzas meramente sociales, siguiendo las indicaciones que les ofrecían los guías terrenos
de nuestro pueblo, se fijaban tan solo en decir a la sociedad “te acompañamos en el sentimiento” …, algo que no llena el corazón de los seres queridos, pues esos deseos no van más allá de esta tierra. El Señor de la vida ve con gusto la Eucaristía que se celebra en nombre de Cristo, para pedirle al Padre que acoja consigo a la persona que haya muerto. Fijándonos en lo que ha sucedido en estos últimos años, vemos que se promueve un acto al que ellos mismos denominan “civil”, en lugar de asistir al que sería sin duda más civil, pues es el que pidió Cristo a sus discípulos que lo hicieran “en conmemoración suya”. De ese modo, ofreciendo a Dios Padre el sacrificio de Cristo, colabora quien participa en él, con su ofrenda litúrgica, para que la persona muerta, en lugar de ser “desahuciada”, sea acogida; y, en lugar de ser rechazada, sea considerada bienaventurada, con todos los Santos.
Ahora bien: ¿cuántos de los que estuvieron prontos para promover una presión que llevaba consigo un desorden social, estarán dispuestos a participar en la Misa que se ofrece por el eterno descanso de la persona cuyo bien decían que deseaban promover…? No nos olvidemos de que, una vez concluida nuestra andadura terrena, podemos alcanzar una habitación eterna, en el cielo, o, en el peor de los casos, sufrir el rechazo definitivo de quien nos había creado para vivir por siempre en su gloria. Los que vivimos todavía en esta tierra, hemos de acudir al Señor, para pedir en favor de los difuntos la paz y el gozo sin fin.



