Los que sostiene que el verano saca lo mejor de nosotros, o bien no se
enteran, o viven en algún lugar remoto, porque la experiencia cotidiana parece
demostrar exactamente lo contrario. El verano a menudo pone a prueba la
educación y la paciencia de muchos.
Durante el resto del año la rutina actúa como una eficaz capa de barniz. Hay
horarios, menos aglomeraciones y una cierta disciplina que mantiene a raya
nuestros impulsos. Pero llegan julio y agosto, suben las temperaturas y
desaparecen los filtros. Basta una cola para comprar un helado, una terraza
abarrotada o un atasco en dirección a la playa para descubrir quién aprendió
aquello de convivir y quién decidió saltarse esa clase.
Oscar Wilde escribió que “puedo resistirlo todo, excepto la tentación”. Y debe
de haber pocas tentaciones más irresistibles para algunos que la de pensar
que las normas siempre son para los demás.
El verano ha creado una fauna muy particular. Está el estratega de piscina o
playa que con toallas reserva más tumbonas y sombrillas de las que necesita,
cuando aún no ha salido el sol. Está el virtuoso del altavoz portátil, convencido
de que toda la playa lleva meses esperando escuchar su lista de reproducción.
Está el conductor que considera el intermitente un accesorio opcional y el
peatón que decide detenerse en mitad de la acera para consultar el móvil,
ajeno a la procesión que acaba de formar detrás.
Pero hay una especie que me produce una mezcla de desconcierto y
taquicardia. Son quienes parecen incapaces de distinguir un museo de un
chiringuito, una conferencia de una terraza o una biblioteca de una piscina
municipal.
Hablan a voces delante de un cuadro, comentan el último capítulo de su serie
favorita mientras un guía intenta explicar una obra de arte y consideran que
guardar silencio durante una actuación cultural es una excentricidad reservada
para los monjes cartujos. Lo llaman espontaneidad. Yo sigo llamándolo falta de
educación.
No se trata de imponer solemnidad donde no hace falta. Se trata de
comprender que cada lugar tiene su propio lenguaje. Igual que nadie acudiría a
una boda vestido con un bañador y unas gafas de buceo (¡o eso quiero seguir
creyendo!) tampoco parece excesivo pedir que quien entra en un museo baje la
voz, que quien asiste a una conferencia escuche y que quien comparte un
espacio público recuerde que no está solo en el mundo.
Porque el problema no son las chanclas. Las chanclas son un invento
maravilloso. El problema empieza cuando algunos también se las ponen,
metafóricamente para todo, como si el verano hubiera suspendido, junto con
las clases, las normas más elementales de convivencia.
Lo curioso es que casi todos estos comportamientos comparten una misma
raíz: la convicción de que el tiempo propio vale más que el de los demás, que
el espacio público pertenece a quien más ruido hace y que la libertad consiste
en hacer exactamente lo que a uno le apetece, aunque fastidie al resto.
Y, sin embargo, la verdadera educación nunca se mide cuando todo resulta
cómodo. Se mide cuando hace treinta y cinco grados, cuando llevamos media
hora buscando aparcamiento, cuando la cola no avanza y el camarero tarda
más de lo deseable. Es entonces cuando aparece el carácter.
Porque el verano no suspende las normas de convivencia. Simplemente revela
quién nunca llegó a aprenderlas. Y eso, por desgracia, no se cura ni con
protector solar de factor cincuenta.



