
Como dice el Papa León XIV en su encíclica, Magnifica Humanitas «… “hay que evitar el equiparar esta “inteligencia” a la humana. Al imitar ciertas funciones de la inteligencia humana, a menudo la supera en velocidad y amplitud de cálculo, y ofrece beneficios en numerosos campos. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad.”
Evidentemente la IA pueda escribir lo que le ordenes, y hacerlo más menos bien, pero lo que la IA no puede hacer , no tiene la experiencia vivida, no paso por el dolor de una perdida dolorosa, no ha vivido una vida de amor y felicidad, todo ello no lo tiene la IA, solo palabras para acompañar.
Ciertamente es más veloz matemáticamente que yo, puede computar con mayor rapidez y acierto.
Puede hablar de dolor y amor, pero no de sentir ante mi dolor y mi amor.
La IA aporta rapidez y datos pero es huérfana de humanidad, es fría y matemática, por ello la IA no puede superar mis escritos.
Y digo esto porque hemos realizado un debate, un intenso combate entre ella y yo.
La IA no llora, no sonríe, ayudara en muchos trabajos, facilitara la rapidez y será de gran ayuda, pero no puede sustituir al alma humana.
La IA no tiene sentimientos, no trabaja el valor intrínseco de la palabra.
La IA ayudara en medicina, facilitara el trabajo, tal vez pueda sustituir alguno, pero no pone ladrillos, no ara la tierra, no genera poesía propia, vive de fuentes, mientras que yo soy la fuente.
La IA pueda hablar de amor, pero nunca te dirá, déjame amarte.



