“Premios Goya: Luces, cámara… y a protestar” – José Antonio Constenla

02 Marzo 2026

Cada año, cuando la alfombra roja se despliega y las cámaras enfocan al respetable, uno tiene la sensación de que la gala de los Premios Goya no es tanto la fiesta del cine español, como un casting masivo de consignas. Porque si algo queda claro es que, quien no protesta, no sale en la foto y eso es casi más importante que salir en cartel.

Es una lástima, porque el cine español, ese al que tanto dicen amar, es capaz de alumbrar cada año una docena larga de películas recomendables, dignas, incluso brillantes. El problema es que conviven con otras trescientas que, en el mejor de los casos, se evaporan sin dejar rastro y, en el peor, son poderosos truños subvencionados que ni sus propios productores volverían a ver sin compensación.

Pero la gala no va de cine. Va de liturgia ideológica. Este año desfilaron por el escenario, como si aquello fuese la Asamblea General de Naciones Unidas con lentejuelas: críticas a Israel, a la última operación de EE.UU. sobre Irán, al Rey emérito y, por supuesto, a la Iglesia católica. Consignas ramplonas que reducen el planeta a un eslogan de pancarta universitaria.

En la ceremonia de los Goya no hay disenso, hay coreografía. Nadie se sale del guion ideológico porque este es el único que se respeta de manera devota. Todos piensan lo mismo, dicen lo mismo y lo más importante, aplauden lo mismo. Por supuesto, si alguien osa introducir un matiz, corre el riesgo de convertirse en el villano de la próxima edición. Y en esta industria, peor que no estrenar es no encajar.

En ese clima de valentía perfectamente coreografiada, por ejemplo, Silvia Abril decidió afear a los jóvenes que miran hacia el cristianismo en busca de sentido vital. “Me da pena que necesiten creer en algo y se agarren en la fe cristiana”, dijo, antes de tachar a la Iglesia de chiringuito. Admirable audacia la de reírse de la fe mayoritaria en un país donde, según el CIS, alrededor del 55% de la población se declara católica. Un riesgo solo comparable a hacer chistes de suegras en Nochebuena.

Más inspirada aún estuvo Marina Rivers, presentadora de la retransmisión de TVE en la alfombra roja, cuando improvisó una “oración” satírica: “Amén, hermanas. Vivan vuestros coños, ese es mi mayor rezo siempre en la vida”. La irreverencia como fórmula de empoderamiento exprés, el chiste grosero como prueba de modernidad. Si el objetivo era elevar el nivel, creo que el del mal gusto lo han conseguido.

La consagración del pensamiento único tiene algo de asamblea estudiantil eterna: adultos muy bien peinados que siguen hablando como si estuvieran descubriendo el mundo en primero de carrera. Denuncian con solemnidad causas globales que poco tienen que ver con el estado del cine nacional, mientras dejan en casa cualquier autocrítica. ¿Porque será que cada vez las películas españolas tiene menos espectadores?

Así, la gala no premia solo películas, consagra ortodoxias. Se celebra la adhesión entusiasta a un marco mental compartido donde el aplauso funciona como certificado de pureza ideológica. Y en ese clima tan confortable como previsible, el cine termina ocupando un discreto segundo plano.

Y mientras las salas se vacían, la industria se consuela con ovaciones internas y consignas compartidas. Porque, al final, quizá no se trate de hacer buen cine, sino de hacer mucho ruido y parecer muy progre.

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