” Venezuela”. José Fernández Lago

07 Xullo 2026

Muchos gallegos, y otros de diversas regiones de España, fueron allá a trabajar, para mantener a sus familias, que en principio quedaban por aquí, y a transmitir su cultura y su fe. Algunos volvieron a su tierra y otros llevaron a sus esposas e hijos, al ver que podían desarrollar su proyecto de vida en aquellos lugares que los acogían y apreciaban.

Pasó algún tiempo, y a aquella nación, rica en recursos naturales, llegaron personas de muy diversas nacionalidades, intentando acceder a los puestos de gobierno o a beneficiarse de lo que allí podían lograr, a un nivel muy distinto del que tenían los que en otros tiempos buscaban un puesto de trabajo, para poder vivir.

En los últimos tiempos Venezuela no era percibida por los Estados demócratas como una nación abierta a las demás, como un pueblo que no tenía nada que ocultar. Desde otras naciones, de mucho más poderío, sufrieron un ataque en el cual se llevaron a los dirigentes y dejaron a quien, a juicio de ellas, debía sustituirles.

En esa situación se produjeron varios movimientos sísmicos, terremotos que trajeron la desgracia a la zona de La Guaira y alrededores. Algunos de ellos derribaron muchos edificios, y desaparecieron miles de habitantes, con la consiguiente pérdida de medio centenar de miles de vidas humanas.

Las personas más aprovechadas de las riquezas del territorio, por uno u otro motivo, al no encontrarse entonces allí, consiguieron salvar sus vidas y los bienes conseguidos anteriormente. En cambio, sorprendió el terremoto a la gente humilde, que intentaba ganarse el pan de cada día, para ellos y sus familiares. También sorprendió a algunas personas que habían tenido que salir de allí y a algunas otras, nostálgicas, que habían acudido a aquel lugar donde habían adquirido estabilidad en su profesión y cierta holgura en su modo de vida.

Ahora, en estos ocho o diez días que han transcurrido desde que se han dejado sentir los temblores de tierra, los que se habían beneficiado desmesuradamente del país de Venezuela no han dado señales de interés por ayudar a esa nación latinoamericana, tan de nuestro sentir y vivir, acorde con los sentimientos de nuestro corazón.

Se han movido, en cambio, tantos servidores de la humanidad, no solo militares y otros voluntarios, sino también los perros, muchos de ellos amaestrados, que se desplazaron allá, dispuestos a buscar vidas que proteger, aunque pusieran en peligro la propia en el trabajo de búsqueda y salvación de damnificados.

Se ha producido en estos días algo que llevaba a la gente al reconocimiento de que toda vida se debía proteger e intentar salvar. El hallazgo de un niño vivo, después de siete u ocho días bajo los escombros, nos ha recordado a unos y otros la importancia de la vida, no solo de los niños, sino incluso de los que todavía no han nacido. También en circunstancias poco propicias, el hallazgo de una persona anciana, con ansias de vivir, nos ha hecho pensar en que también ellos tienen derecho a la vida, que viene de Dios y que está destinada a volver a Él. Alguna chica, temerosa por no encontrarse todo lo vestida que quisiera, nos ha recordado que vale la pena vestir adecuadamente, para no provocar a los demás y vivir todos en concordia y en paz.

He experimentado estos días algo que ha estimulado mi esperanza. Los familiares y amigos de los desaparecidos manifestaban a menudo que “estaban en manos de Dios”: que el Señor los había hecho nacer y que hacia Dios caminaban, aunque el procedimiento ordinario dejara su andadura en manos de una situación extraña. Sin embargo, el Señor, que era su Dios, velaba por ellos, y con ellos ejercería esa misericordia y fidelidad que son propias de Él.

Aunque yo no soy venezolano, sino español, no puedo menos que pedirle al Señor por las víctimas del terremoto y por todos los voluntarios que han salido en ayuda de ellos. También le pido que los proteja en su cometido y que los llene de gozo por las víctimas encontradas con vida. Ojalá que también sirva eso para que logren conocer el verdadero sentido de la vida: un camino que conduce hacia Dios, que les retribuirá el bien que hayan hecho a los demás, conscientes de que el Señor nos estimula a ayudar a los más necesitados, sabedores de que, quien así hace, le está ayudando a Él.

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