
En la cumbre de la OTAN de la semana pasada no sorprendieron las boutades del presidente americano que primero insultó a España -y a otros socios- y en el vuelo de vuelta se deshizo en elogios a nuestro país, no se sabe a cambio de qué. Tampoco fue sorpresa alguna la actitud de sumisión mostrada por el secretario general de la organización hacia Washington. Lo que llamó la atención a muchos españoles fue que, según publicó El Confidencial, volaran a Turquía tres aeronaves para llevar a la a delegación española integrada por el presidente del Gobierno y los ministros de Asuntos Exteriores y Defensa.
La cumbre estaba fijada desde hacía meses y los tres responsables políticos tenían el mismo destino con agendas perfectamente compatibles para viajar en un solo avión, el Airbus, con capacidad suficiente para transportar a toda la delegación española.
Por eso cabe preguntar por la justificación para movilizar además dos aviones Falcon. Es posible que existan razones de seguridad, de organización o de protocolo para tamaño despliegue pero, si existen, deberían explicarse con transparencia. Porque, desde la calle, ese dispendio resulta difícil de justificar y más difícil de entender.
Primero, porque desde hace años se está llamando a la responsabilidad de los ciudadanos a los que se les pide compartir coche para ir al trabajo, reducir desplazamientos, utilizar el transporte público y moderar el consumo energético en aras de un consumo sostenible para combatir el cambio climático.
Segundo, por el coste económico, aunque en el conjunto de los recursos del España pueda parecer “el chocolate del loro”. Desplazar tres aeronaves para trasladar a tres dirigentes políticos al mismo destino supone un gasto muy superior al que tendría el desplazamiento de una sola. En un tiempo en el que se exige eficiencia en el gasto público y se pide contención a familias, autónomos y empresas, resulta legítimo preguntar si ese despliegue era realmente imprescindible.
Si los gestos individuales cuentan, el gesto de los gobernantes cuenta mucho más. Su ejemplaridad no puede ser un concepto reservado para los discursos oficiales, ha de reflejarse en sus decisiones diarias, especialmente cuando se gestionan recursos públicos. Antes de reclamar sacrificios a la sociedad deben empezar por aplicárselos ellos mismo, de lo contrario, los mensajes pierden credibilidad y acaban convirtiéndose en simples eslóganes.
Cuando la sociedad percibe que los políticos practican el viejo dicho “Haz lo que yo digo, pero no hagas lo que yo hago”, los discursos sobre austeridad, sostenibilidad o responsabilidad pierden fuerza. Entonces, se resiente con más fuerza aún la credibilidad del Gobierno, se deteriora la confianza en las instituciones y en la propia política. Deberían predicar con el ejemplo, tiene más predicamento que las palabras.



