“In Memoriam: el último adiós al portavoz del pueblo, Fernando Ónega”. Alberto Barciela

03 Marzo 2026

En Madrid se ha despedido hoy una de las figuras más preclaras y determinantes del periodismo español. Fernando Ónega, aquel niño que nació en un lugar donde el mundo decidió llamarse Mosteiro, en la parroquia de Pol, provincia de Lugo. La capital de España, por el tan querida, ha cerrado su última crónica. Con su partida, se apaga una voz que fue equilibrio y puente, pero su legado permanece en la memoria de una España que aprendió a escucharse a través de sus palabras.

En aquel paraíso de poco más de un kilómetro cuadrado, entre montañas y el frío rigor de la Galicia interior, un infante de los años cincuenta solo tenía una vía para escapar de las labores del campo: refugiarse en los libros. Fantasear con escribirlos, soñar con las estrellas y buscar en los periódicos de la época los referentes para una vida. Como el inolvidable Balbino del escritor gallego Xosé Neira Vilas, Fernando pudo ser un “nadie” de aldea, pero su audacia y una vocación inquebrantable le llevaron desde el seminario de Mondoñedo hasta las más altas cotas de la comunicación nacional.

Lugo y Galicia, España entera, pierden hoy a uno de sus hijos más ilustres, punta de lanza de una generación irrepetible de periodistas y pensadores. Ónega compartió camino y amistad con maestros como el polifacético Álvaro Cunqueiro, Juan Ramón Díaz o Dionisio Gamallo Fierros, y con una nómina inabarcable de profesionales que, desde El Progreso, La Voz de Galicia, la radio y la televisión, dignificaron el oficio.

Su trayectoria fue una lección constante de neutralidad y sabiduría, aprendida bajo el techo de su casa natal con aquella máxima gallega: “Deus é bo e o demo non é malo” (“Dios es bueno y el diablo no es malo”). Esa capacidad para entender todas las aristas de la realidad le convirtió en el arquitecto de la palabra durante la Transición española. Como director de prensa de la Presidencia del Gobierno, fue la mano que trazó los discursos de Adolfo Suárez, regalando a la historia frases que hoy son patrimonio de nuestra democracia, como aquel célebre «Puedo prometer y prometo».

Redactor, columnista, director de la Cadena Ser, editorialista y tertuliano incansable, su generosidad no tuvo límites. Quien escribe estas líneas nunca olvidará que fue él quien me brindó mi primera oportunidad laboral en Madrid cuando yo apenas era un estudiante y el dirigía Hora 25. Su magisterio no se limitaba a la técnica, sino a la humanidad y a esa capacidad de “oscurecer un poco” la evidencia para encontrar la verdadera profundidad de la noticia.

Fernando se va dejando una estela de afecto y profesionalidad que hoy recogen sus hijas, las también periodistas Cristina y Sonsoles Ónega, y su hijo Fernando. Para su esposa Ángela, para sus nietos y para todos los que soñamos con ser algo más que un “chico de aldea”, su figura será siempre el faro al que mirar.

Descanse en paz, admirado maestro y entrañable amigo. Se ha marchado el mejor portavoz que el pueblo pudo desear, un hombre madridgallego que hizo universal a su pequeño Mosteiro y que, siguiendo el lema benedictino de Ora et labora, trabajó hasta el último aliento por la verdad y la convivencia.

Alberto Barciela

Periodista

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