“Pepe Castro y Julio Rodriguez, entre pecados Bernales y tipos de Alvite”. Alberto Barciela

27 Xaneiro 2026

Parafraseando con optimismo al gran Octavio Paz, escritor y poeta mexicano, pero alejándonos de su dramatismo esencial, puede decirse que el periodismo es una de las respuestas que el hombre ha inventado para verificar la vida.

Todo parece devorarse por la inmediatez de la próxima edición, todo es viejo al instante, en la red, sin llegar al papel. A la par somos juguetes del tiempo y sus accidentes: la censura, la desinformación y el olvido, que desfiguran la verdad y extravían la conciencia social, y hasta desvarían el clima, a lo que solo supo responder Pedro Antonio Rivas Fontela en “Diario de Pontevedra” con aquella previsión(?) meteorológica titulada  “El tiempo ayer”… Por eso aquí estamos nosotros, los comunicadores, armados de papel, bolígrafo, micrófonos, grabadoras, cámaras y teclados y ordenadores y móviles, para desbaratar tanta maledicencia como nos atenaza y encontrar rayos de luz prodigiosa.

El periodismo es, sí, una de las respuestas a las preguntas trascendentes de cada instante, a las inquietudes ciudadanas, supone la defensa contumaz de los derechos y de los valores esenciales, de aquellos que nos definen como humanos racionales. Por nuestro oficio robamos al tiempo unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso, al dar voz a los desvalidos, y otras en infierno, al denunciar la injusticia. De ambas maneras el tiempo se distiende; la crónica detiene el segundero y la palabra deja de ser una medida para convertirse en memoria viva.

Ejercer este oficio con la entrega de un amante permite afrontar la existencia con dignidad —como bien escribe el maestro Lalo Pavón estos días y con este mismo propósito—, pues cada “noticia” —del latín “notitia” (conocimiento)—, como me recordaba el inolvidable catedrático Jesús Timoteo, es un acto de afirmación frente al caos cotidiano. Al igual que el amor, el periodismo no nos otorga la inmortalidad, pero nos ofrece las herramientas para habitar el presente con plenitud, dejando un testimonio que dota de sentido al transcurrir de los días.

Todo eso hacen Julio Rodríguez y José Castro —Pepe, en el oficio más bello del mundo—. Ellos siguen las estelas de Diego Bernal, José Luis Alvite o José Couso, de Álvaro Cunqueiro o Emilia Pardo Bazán, Sofía Casanova, Julio Camba, Wenceslao Fernández Flórez o Augusto Assía… En ello, saben, nos va la seguridad en la travesía de la responsabilidad, del vagar instantes de incertidumbres ciertas, que hemos de saber narrar a los demás con verdad, permitiéndonos a veces la ironía de reconocer que nuestro papel se agota con los quioscos, en lo físico, pero que ha de seguir enredando con trascendencia, incluso con voluptuosidad, aprovechando las maquinales marañas tecnológicas, las Inteligencias Artificiales y, sobre todo, la frescura de las nuevas generaciones de informadores. Talento y talante, confianza y esfuerzo, eso es lo que hace falta a los nuevos Ónega. Cernuda, Jaboios o Rivas.

Hay premios que reconfortan por los premiados. A Pepe Castro, dice “Mundiario”, se le premia por “ser una voz influyente del panorama periodístico, subrayando su capacidad para abordar temas de gran relevancia social, fortalecer los valores democráticos y defender el acceso a la cultura como un derecho fundamental. Además, se pone en valor su ejemplo profesional en un contexto marcado por los desafíos a la libertad de expresión”.

Julio Rodríguez recibe su galardón “como uno de los firmes valores del periodismo gallego contemporáneo y por no abdicar nunca del periodista de raza que lleva dentro”. Según la Asociación de Periodistas de Galicia, presidida por María Méndez, hay que considerar especialmente “su talento, intuición, sagacidad y capacidad de trabajo, así como su temperamento, que lo colocan siempre en la posición óptima para valorar el alcance de cada noticia, reclamar exigencia y compromiso a su gente en la búsqueda de la mejor información y alcanzar finalmente la satisfacción del deber cumplido ante los lectores”.

Y con ellos nos alentamos todos, por vernos reflejados en el espejo de su calidad humana, en su saber y en su compromiso con los ciudadanos, lectores, receptores.

Un día escribí que, en Compostela, habría que hacer un combinado entre el París y el Dakar, al modo del “Modus Vivendi”, poner una placa en cada barra, y una barra en cada Estrella de Galicia. Declarar cada año dos veces al menos el día de los Pecados Bernales y dedicar en las imprentas el plomo a los Tipos de Alvite. Ellos compusieron el paisaje y descompusieron ternillos, inventaron paraísos e islas en las que recalar tras este mundo apurado e incomprensible, intraducible. Y si en la ciudad de los lenguajeros faltan confesores con sotana, sobraron siempre los contadores de pasta al estilo italiano. Menos mal que hoy hay otros tipos capaces de otear islas lejanas, al igual que Jorge Luis Borges, entre ellos están Pepe Castro y Julio Rodríguez, ellos son los que verifican la vida cada mañana, la llenan de columnas y nos invitan a leer, por ejemplo, a Octavio Paz: “Por el amor le robamos al tiempo unas cuantas horas que transformamos a veces en paraíso y otras en infierno. De ambas maneras el tiempo se distiende y deja de ser una medida.”

Alberto Barciela

Periodista

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