Acontece a diario que diversos miembros de los distintos partidos que se mueven en nuestra tierra manifiestan sus posturas ante la sociedad con una acritud impropia de grupos de la misma autonomía. Los medios públicos nos ponen al tanto de las medidas de esos grupos, cuya aspiración se reduce, en muchos casos, a que deje de estar activo lo que funciona más o menos bien. A menudo, aunque se aspire a ir más allá, no se logra otra cosa que impedir al menos dotado la obtención de aquello que, sin embargo, consiguen alcanzar quienes tienen más posibilidades de desenvolvimiento.
De repente sucede algo que llena de luto a muchos semejantes, domiciliados más o menos cerca de Galicia. En una ocasión fue el accidente de tren en Angrois (llegando a Santiago) con la muerte de algunos viajeros de Galicia y de otros que venían a visitar nuestra tierra. Ayer ha sido en Adamuz, cerca de Córdoba, por el descarrilamiento y choque de dos trenes, y de momento son 39 los muertos, pero hay numerosos hospitalizados, algunos de los cuales están muy graves.
En nuestra sociedad, tradicionalmente cristiana, sucede algo que se tenía en consideración hasta hace poco, y que se ve que en estos momentos los distintos medios públicos apenas tienen en cuenta. Nuestros padres nos han enseñado a pedir a Dios que nos concediera un buen viaje cuando nos disponíamos a iniciarlo, después de habernos dicho que había que analizar si las condiciones atmosféricas y otras situaciones eran propicias, de suerte que procediera o no ponernos en camino.
Otra cosa que nos recordaban era que, antes de iniciar nuestro recorrido, dispusiéramos bien nuestro espíritu, reconciliándonos con Dios. Esto hoy podremos escucharlo accidentalmente en una iglesia, pero sin ir mucho más allá, entre otras cosas porque la mayor parte de la gente vive pensando exclusivamente en su andadura terrena, sin preocuparse de lo que suceda después de la muerte. Olvidamos a menudo el dicho de Jorge Manrique, de que “Este mundo es un camino para el otro, que es morada…”.
Acontecida la desgracia, que vuelve tristes sobre todo a un montón de familiares y amigos de los directamente implicados, ahora la discusión versará entre si va al lugar del choque de trenes el presidente del Gobierno, y si hace lo propio el presidente de la Autonomía, mientras que se silenciará todo lo que se pueda la actuación del obispo de Córdoba en favor de los más implicados en el accidente, singularmente de los que se han muerto, para quienes procede pedir al Señor la felicidad eterna.
De unos años a esta parte, parece que, desde el punto de vista institucional, no hay otra disposición posterior a las muertes que la de organizar “un minuto de silencio”… ¿No sería más lógico que se indicara que disponemos de breves minutos para que los presentes invoquen a quien consideren que puede ayudar a los muertos en la vida del más allá…? ¿O es que, porque algunos no crean que esa vida existe, vamos a privar a los difuntos de conseguir algo que el Dios de la vida les puede ofrecer?
No quisiera concluir sin exhortar a los que están vivos a reflexionar sobre la actitud de seguridad radical de sus posturas y cuestionar la tendencia común de referirse a los de otros grupos como causantes del mal que acontece. Más bien procedería continuar el diálogo, analizar los propios procedimientos -en lugar de criticar por principio a los defensores de otras resoluciones-, e intentar que las propias medidas no comenzaran por herir a los menos pudientes…, para lo cual procede recordar un principio que data de muy antiguo, y que yo traduzco: “No procede hacer el mal con el pretexto de conseguir bienes”.




