“Es la España vaciada, no el cambio climático”. Juan Salgado

22 Agosto 2025

Con los antecedentes de sobra conocidos por toda la ciudadanía -La Palma, Dana de
Valencia, inmigración ilegal, atención a los menores que solicitan asilo por imperativo
judicial, grandes nevadas, la continuada debacle de los servicios de Renfe…-
resultaría perderse por el estéril terreno de la melancolía hacer referencia a la nueva
negligencia del Gobierno central respeto de la ola incendiaria que asoló buena parte
del noroeste peninsular. Ya sabemos lo que cabe esperar de un Gobierno a la deriva.
Si la incapacidad por parte del Gobierno central para hacer frente a sus
responsabilidades ante un problema sobrevenido (sea un volcán, una nevada, una
lluvia torrencial, el funcionamiento de Renfe y por supuesto un incendio) es tan
palmaria que no precisa de más argumentos que la referencia expresa a los
precedentes habidos, un nuevo elemento y de mayor gravedad se suma a la debacle
gubernamental de estos días y que no escapa a la fina sensibilidad de los vecinos que
arriesgaron sus vidas en defensa de sus propias haciendas: la falta de empatía de un
presidente y todo su Gobierno –de nuevo el “si necesitan apoyos, que los pidan”- ante
la tragedia incendiaria, que aprovecharon para pretender hacer electoralismo
achacando responsabilidades propias a las autonomías en un manifiesto intento
electoralista.
De modo que con la ola incendiaria camino de su resolución, en buena parte gracias a
los denodados esfuerzos de profesionales, voluntarios y vecinos con la más que
estimable ayuda de las favorables condiciones meteorológicas, es momento de dejar
el hecho puntual de este verano incendiario para que los partidos sigan dando
muestras de su incapacidad solidaria y continúen tirándose los trastos a la cabeza
para mayor escarnio del ciudadano de a pie creyendo, ingenuos o desnortados, que
esa es la mejor forma de alimentar la particular cuenta de votos cuando en realidad no
hacen más que engordar a los antisistema, ya sea Vox o sus homónimos de la
izquierda más radical.
Y sí, por el contrario, se hace preciso ir al fondo de un problema que, lo reconocía la
propia ministra de Defensa, era imposible de atajar. ¿A santo de qué, entonces, esa
torticera culpabilización en el actuar de las Autonomías? ¿Todo vale, una cosa y su
contraria, sin el mínimo recato de coherencia? ¿También que el ministro Marlaska diga
que el Gobierno no tomó en consideración decretar la alarma nacional porque las
autonomías estaban cumpliendo adecuadamente su tarea de luchar contra el fuego?
¿Qué hace entonces Yolanda Díaz, en un nuevo ejemplo de insensatez,

manifestándose contra quien, a juicio de un compañero de Gobierno, actuó
responsablemente?
Como ocurrencia del momento para salir del paso ocultando la propia incompetencia,
Pedro Sánchez se despachó culpando de la ola incendiaria al cambio climático y
anunciado un pacto de Estado para hacer frente al endémico problema -que se repite
año tras año en función de las oscilaciones meteorológicas- desde la perspectiva de
ese ecologismo de salón que todo lo circunscribe a la negra mano del hombre
actuando sobre el clima. Es decir, olvidando que desde que el mundo es mundo el
planeta afronta sucesivos periodos de glaciación -el no tal lejano de la Pequeña Edad
de Hielo del S. XVI y siguientes – frente a otros más cálidos -acaso cuando el suelo de
Groenlandia hacía honor a su propia etimología y era, en efecto, una isla verde- sin
que en ambos procesos fuese determinante la mano del hombre, que obviamente
ayuda pero no en la relevancia que muchos quieren darle y, desde luego, no para
arbitrar políticas agroforestales harto restrictivas en dimensión opuesta a lo que dicta
el sentido común y que tanto agradan a los ociosos y ocurrentes diputados del
Parlamento europeo.
Por eso, reducir el problema incendiario a causas estrictamente derivadas del cambio
climático es querer hacerse trampas al solitario o, peor aún, descargar en un mal
generalizado que atañe a todo el planeta la responsabilidad propia a la hora de
propiciar políticas eficaces en el tratamiento del suelo y de las masas forestales de las
que llevan advirtiendo hace muchas décadas los más prestigiosos estudiosos del
tema, relegados, como se ve, a ese lugar de los libros y los informes técnicos que
nadie lee, como reconocía Ortega y Gasset al señalar que eran el mejor sitio para
esconder un secreto.
Javier Madrigal, Ingeniero de Montes e investigador del Instituto de Ciencias
Forestales INIA-CSIC, con más de cinco lustros de investigación sobre el medio, es
uno de esos expertos cuya voz no tiene más eco que el desierto de los políticos
sordos de solemnidad -¡Pese a formar parte de la Oficina de Ciencia y Tecnología
creada para asesorar al Congreso de los Diputados!- y que ahora acaba de hacer
unas clarificadoras manifestaciones en un medio de difusión nacional -ABC-
desmintiendo tópicos, analizando las verdaderas causas de las concatenadas olas
incendiarias que se suceden año tras año, y de las advertencias que llevan haciendo
desde hace lustros y que no son más que consecuencia de la España vaciada y en la
que los incendios no son sino una de las muchas vertientes negativas, consecuencia
de olvidar esa parte del territorio que lleva décadas clamando por unas adecuadas
políticas de intervención. Como, por poner ejemplos ya reseñados aquí, la iniciativa del
Banco de Santander en el proyecto de la comarca cántabra del Nansa, o la
ejemplaridad en la optimización de todos los recursos del monte -forestal, ganadero,
micológico, resinero, agroalimentario, Sandach en su vertiente de abono, de
recuperación patrimonial, divulgación de la cultura del monte entre el estudiantado de
la parroquia…- como el más meridiano ejemplo de economía circular que está
llevando a cabo la actual directiva de la Comunidade de Montes de Baroña, en porto
do Son, que preside el dinámico Ovidio Queiruga con asesoramiento científico de la
USC.

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