“Palabras que son luz”. Alberto Barciela

03 Maio 2025

No hay que tener miedo a las palabras, a su cocción lenta, a su aliño y evolución, a la mezcolanza arriesgada, en su progresión, a su ejemplaridad. Representan la paulatina transformación de la civilización. Nos han liberado de las cavernas, de las sombras -al menos nos han ayudado a interpretarlas-, de rutinas y ataduras, de los convencionalismos…

Un neologismo es un ejemplo de que, con seguridad, Darwin tenía razón. Hay que atreverse pues a bajar del árbol de estos tiempos confusos, convulso. Hay que disponerse a coger una liana, a encontrarse en el rellano fabuloso que la naturaleza nos ofrece, a acostarnos en el prado, a mezclar consensuados fluidos y con ellos genéticas, a aderezar sonidos y tonalidades, a reproducirse, a elevar las voces, a callarse, a adorar a las estrellas y a los dioses, tras crear mitos, a consolidar tribus, a filosofar, a construir ciudades, también a equilibrar expectativas, a nombrar, renombrar, significar y reasignar definiciones en apariencia estrictas, a escuchar acentos y aportaciones espontáneas, educar, trasladar esperanza, intercambiar, comerciar, sumar, dudar, conocer otros mundos… Así es como se ampliaron los diccionarios, como nació la agricultura, como crecieron las sociedades, como se inventó, como se transmitió el arte, como se establecen todavía las expectativas de lo común y de lo individual, de lo que merece en verdad ser compartido e interiorizado o conocido.

La trazabilidad de un vocablo, su etimología, puede llevarnos hasta los primeros gruñidos, a la curiosidad que nos haga detenernos en mitad de un sermón medieval recreado o no, redescubrir una lección magistral, navegar hasta confines inimaginados, curiosear… Gracias a ellos, a su conjunto, pudimos enseñar música, componer una sinfonía, aliñar una ensalada… Todos ellos nos asisten para relatar sueños, proclamar sabidurías, razonar, disentir, alcanzar acuerdos, componer poesía o escribir libros.

Las términos expresados y escritos dieron como resultado belleza: La Ilíada, la Biblia, El Quijote, Romeo y Julieta, el Señor de los Anillos, las Edades de Lulú, Memorias de Adriano… y, con ellos, alcanzamos lo utópico, lo mítico, lo sagrado, el diálogo, la locura, la razonabilidad, las ideologías, el amor, el sexo, la confianza.. Y en ellos escuchamos la voz del pueblo en el ágora o en las urnas. Y para elevarlo todo, gracias a sus aportes, nacieron la poesía, las canciones, la información, las noticias, la prensa, la radio -inmenso instrumento de servicio público, cuando todo se apaga-, los digitales… No hay límites si hay palabras, pronunciadas o escritas, tradicionales o clásicas, nuevas o formales, incluso las silenciadas…

Las palabras han delimitado el curso de la Historia. Del pasado existe lo que ellas nos cuentan. Narran mentiras interesadas, sí, sirven a los poderosos de cada época, más escanciadas nos permiten a los humildes alcanzar una cierta verdad o una verosimilitud que nos alcanzan para justificarnos como seres humanos, para participar de lo esencial, nos conceden emociones y proclamar el libre albedrío. Sirven también para amenazar, sí, pero los hermoso es que nos autorizan a la una de nuestras mayores y mejores cualidades, el perdón.

Es evidente. También están los gestos, las expresiones faciales, las posturas u otros movimientos corporales, todos ellos pueden transmitir mensajes y emociones. El lenguaje no verbal resulta tan efectivo como lo hablado o escrito. Palabras al fin. Incluso el silencio es expresivo, no oscuridad.

Un apagón es una circunstancia, incluso positiva si se valora como el aviso volandero de un mundo que se traduce en mensajes emitidos por máquinas.

Un lunes de abril pudo representar un comienzo de un mundo nuevo en el que retornar a mirar a los ojos, en lugar de a las pantallas; a escuchar la radio analógica compartida con los vecinos; a comentar en la terraza del bar lo acontecido; a trasladarlo serias reflexiones en los periódicos…

El mundo solo se apagará el día que se extingan las palabras. Energía vital. Luz de luz.

Alberto Barciela

Periodista

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