“Portugal y su serena revolución de primavera”. Alberto Barciela

24 Abril 2025

“Esta é a madrugada que eu esperava/ O dia inicial inteiro e limpo/ Onde emergimos da noite e do silêncio/ E livres habitamos a substância do tempo.” La expresividad cercana del portugués escrito hace comprensible el poema “25 de abril” de Sophia de Mello. La revolución fue una primavera, el abrir las ventanas a la libertad clara, diáfana, atlántica, europea, de un Portugal que se sabía como el tesoro enterrado y dispuesto a ser descubierto, para compartirse con el mundo en su vocación ibérica, europea, lusófona y también universal. Lo aparente pequeño se transformó así en un cosmos esperanzado, lleno de joyas de gran atractivo cultural y turístico, amable y humilde en sus buenas gentes.

Solo la poesía puede expresar la emoción de un día que se ha convertido en sinónimo, en metáfora trascendente, en espejo admirable de cómo transitar de la dictadura a la democracia, dibujado en símbolo con la simple sencillez de un gesto de Celeste Caeiro, camarera, costurera y estanquera de profesión; armonioso en una canción en la voz de José “Zeca” Afonso. La magia de la transformación, gestos de gestes sencillas: un clavel en cada fusil, emisoras pregonando a una tierra de fraternidad en la voz de José “Zeca” Afonso, con “Grândola, Vila Morena”. Claro que fueron los militares los autores del levantamiento y los políticos los responsables de la transición, pero el logro fue el de un pueblo, el de los ciudadanos, el de todos, humildes trabajadores de bares y cantinas, cancionistas, técnicos de emisoras… y el pueblo.

Acabo de regresar de Lisboa, del Foro La Toja que mi amigo Amancio López Seijas, que celebra allí desde hace tres años, con tanto éxito como el de la Isla da Toxa en O Grove. La urbe desborda actividad, es su sensible hermosura, en su modestia aparente, esconde una historia que se orilló en cada rincón del mundo, pregonando la humildad de una Cruz, con el afán de culturizar. Lo hicieron movidos por la curiosidad de un pueblo ribereño y por la ambición insaciable de los seres humanos y de sus reyes. Hoy, el mundo podría hablar ese hermoso idioma que es el portugués, pero fue la Corte castellana de Isabel y Fernando la que apostó por Colón -conocedor de los datos de los navegantes lusos-, desairado por la monarquía portuguesa.

Lisboa y Oporto, toda la nación, son el resultado de la intuición, el estudio, la experiencia del mar, de las ricas colonias africanas, americanas, asiáticas, son un caleidoscopio ahora atestado de americanos y otras nacionalidades que descienden con sus dólares, cual Jonás del estómago de la ballena, de grandes buques o de super aviones, de esos milagros que semejan una cáscara de nuez río abajo o un hierro que vuela simulando a los pájaros. La situación turística hace intrascender todas las fronteras impostadas a lo largo d ela Historia por los poderosos sobre terrenos y mares hermosos, paradisíacos. También llegan, claro, pícaros, indeseables en busca no del trabajo que da vida sino de incautos con carteras. Y en esto, como ocurre en España, hay que saber cómo poner orden para mantener la seguridad sin herir sensibilidades, ni provocar abusos. La mano de obra regulada es necesaria, como lo son los salarios dignos y las viviendas para los humildes. El problema es mundial y las soluciones requieren el mismo tacto de aquella hermosa transición sin heridas.

De Valença do Minho a Faro, en Lisboa y en Oporto huele a Oriente, en horizontes sin distancias aparentes pero de trascendencia mundial, uno se siente en casa, aun rodeado de turistas que se creen fotógrafos, que acumulan en sus cámaras y teléfonos miles de instantes eternos y se olvidan de segundos irrepetibles. El apetito devora pero no degusta, el coleccionista completa pero no contempla, el mundo está ahí resumido pero nada más sellar el pasaporte aspiran ya a otros destinos.

Ante la grandeza de lugares tan especiales como Portugal hay que serenar las ansias, detenerse, recorrerlo en lo posible a pie, como se hace en el Camino de Oporto a Santiago, el llamado portugués, por la costa o el interior, atravesando las grandes urbes o las aldeas, bordeando ríos o mares. Lo luso reclama calma, serenidad, la actitud de una revolución, la de los clavees, que terminó por ser una fiesta. Lo dicho, un tesoro de todos.

Recurramos a Miguel Torga (1907-1995), novelista, articulista y poeta portugués, escuchemos su voz:  “Debo mucho a mis pies y a mis ojos. Sin su ayuda, ni mi alma estaría tan llena, ni habrían surgido los libros donde intento vaciarla. Pisando incansablemente el polvo de los caminos y escudriñando sin desfallecer todos los horizontes, he atesorado emociones que nunca podré agotar, por más que las consuma. Los hombres me han enseñado a pensar y a discernir, pero las cosas me han revelado la belleza de los misterios sin explicación. Ante la mies ondulante, un alcornoque descortezado, un jaral florido, siento que la vida es más amplia que un silogismo y más bella que un verso bien medido.” Pocos autores pueden guiarnos mejor por ese maravilloso país hermano y por las palabras.

Alberto Barciela

Periodista

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