“Premios justos e iniquidades manifiestas”. Alberto Barciela

04 Febreiro 2025

Los reconocimientos, inhabituales por demás, ayudan a las evidencias. La multitud suele ser indiferencia, exigente, crítica y, cuando no es así, acostumbra a aparecer como seguidista, simple, fanática. El equilibrio, el justo medio, suelen determinarlo cánones que solo los muy éticos, los cultos, los especialmente facultados obedecen con la sola subjetividad de sus doctos pareceres, no por ello incuestionables. Ponderar no es fácil, y como bien dejó escrito Aristóteles, “la multitud obedece más a la necesidad que a la razón, y a los castigos más que al honor.”

Se tiene reflexionado más sobre el castigo que sobre el premio, al menos con seriedad, y cuando se hace sobre los halagos suele ser por añadir gazmoñerías a lo que una determinada circunstancia o jurado ya certificó. Por eso, hay que confiar de nuevo en Miguel de Cervantes cuando dice que “al bien hacer jamás le falta premio”, lo que en el saber popular eleva la confianza sobre el comportamiento de aquellos que se sujetan a las normas aceptadas por el común, por insensatas que resulten, incluso en Fuenteovejuna.

El honor y el premio ayudan a alentar al hombre en su muchos desafíos, en su afanes, en sus cuitas, son ballestas que despiertan los resortes corroídos por el desaliento, la enfermedad, la edad, la desatención o el desquicie. Son recursos maravillosos de supervivencia, aire diáfano a los pulmones, ejemplo y referencia, aliento vital para el reconocido y para su entorno de bondad. La demostración contraria es la envidia, el orgullo, la desconfianza, males de las sociedades incultas, las que alcanzan sin esfuerzo juicios sumarísimos e inquisiciones, las que niegan la otredad, el reflejo modélico a sus nuevas generaciones.

Mi amiga Nélida Piñón, a la que se le otorgaron muchos galardones por sus innúmeros méritos, me enseñó que “la seducción no es algo espurio, para cosas terribles. No, es un homenaje a alguien, a la vida. Porque cuando se seduce a alguien, se le reverencia, se le legitima. Es una pauta agradable en lo cotidiano y la estamos perdiendo. Nos estamos acostumbrando a no cumplimentar ya a las personas. Se pierde la cortesía, el urbanismo, y la delicadeza que aprendimos como un contrapunto de la barbarie.”

En un mundo cruel y desalmado, los premios ayudan a las convicciones, destapan a los amigos, revelan a los enemigos, resuelven determinados méritos, desprecian los deméritos.

Estos días, María Xosé Porteiro recibió el Mundiario, José de Cora el Premio Diego Bernal, y Alfredo Conde los Puro de Cora y el Álvaro Cunqueiro. Inconforme, recuento cuántos más les debemos a los tres, sabios de la tribu, portadores de inteligencia, creatividad, compromiso, tradiciones y maestría en su trabajo. Me acuerdo también, y en especial, de aquellos otros compañeros que reciben con alegría la exaltación de los méritos ajenos sin ver reconocidos los propios. Entre estos últimos, figuran algunos de los más grandes creadores de todos los tiempos, muchos de los que más han aportado al común y, sin duda, los que cada día ofrecen la lección más hermosa de humildad, vocación y amor por la irresoluble causa de la injusticia. Con María Xosé, Pepe y Alfredo brindamos por ellos, pues durante muchos años ellos también estuvieron entre los grandes olvidados.

Estamos a tiempo de reparar algunas iniquidades, me ciño en este caso al mundo de la comunicación, pero puedo extenderme. Y deberíamos hacerlo.

Alberto Barciela

Periodista

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