
El próximo 13 de diciembre, el coronel de la Guardia Civil, Diego Pérez de los Cobos cumplirá 61 años y pasará a la reserva, ya que debido a las trabas y obstáculos del ministro del Interior, no ascenderá a general.
En su discurso el Día del Pilar, Patrona del Cuerpo, afirmó que se marcha con “la convicción de haber sido fiel a aquellos compromisos adquiridos: fiel al cumplimiento de la legalidad, a la defensa de nuestra constitución, de la unidad y la integridad territorial de la Patria, leal con mis subordinados, y disciplinado en lo que la verdadera disciplina -tan alejada de la sumisión y el servilismo- puede y debe abarcar”.
La sumisión tiene dos instrumentos. Uno el servilismo, que no debe confundirse con el servicio (así como la obediencia no debe confundirse con la disciplina). El otro la adulación, que no el aprecio. Así como la cortesanía no debe confundirse con la cortesía.
En esta democracia que no acaba de madurar ni de volverse adulta, políticos como Grande-Marlaska, se aposentan en las instituciones y se autoconvencen de que el aparato administrativo que lo engrasa y hace funcionar, está a merced de sus interés, antes que del servicio público. Y cuando pueden, materializan aquello que decía Aristóteles, “los tiranos se rodean de hombres malos porque les gusta ser adulados” y “ningún hombre de espíritu elevado les adulará”.
Notables son las diferencias entre servil y servidor público. Este es el que, en función de su honorabilidad, decencia y profesionalidad, no se doblega a los intereses partidistas de un Gobierno y se niega a comulgar con las chapuzas que le ordenan. Por este motivo suele paga un alto coste y es apartado de sus funciones.
El servil es vasallo del poder, anula su dignidad y razón, agacha la cabeza, calla y ejecuta. Es muy útil para los arribistas y sus métodos no le son ajenos al ministro en cuestión: escoger con cuidado “amos” y ponerse a su servicio; olvidar los propios valores y asumir los convenientes; escalar posiciones con rapidez por las escaleras sociales, económicas, o políticas. Sus logros se basan en “cualidades” como la capacidad de intriga, el discurso baboso, las poses calculadas, la cultura superficial, o las descaradas condiciones de adulador, oportunista o seductor.
Por tanto, es lógico que hayan surgido diferencias entre el ministro y el coronel, que fiel a su servicio público, busca basar su relación de confianza con el superior en advertir, corregir sus errores y orientar sus decisiones con criterio recto y sensato. Siendo buen consejero es leal a los principios y fiel a las personas. Porque “no hay otro modo de guardarse de la adulación, que hacer comprender a los hombres que no te ofenden cuando te dicen la verdad”, como defendía Maquiavelo.
Ministro, aunque la sumisión que busca puede ser seductora, tenga cuidado porque es una bebida fuerte que debe tomarse con moderación. La adulación es una adicción incurable y fatal a la que no hay que acostumbrarse. Con refinado sarcasmo le recuerdo que aquel que con su proceder pierde la dignidad y la vergüenza, podrá ganar mucho poder y otras cosas menos confesables, pero desde luego, no el respeto de la historia.
Coronel, con su proceder ha hecho suya aquella consigna de Mark Twain, “lealtad al país siempre. Lealtad al gobierno cuando se lo merece”. Muchas gracias por sus años de servicio y dedicación a España, y en dos palabras, “misión cumplida”.


