“Último de abril, primero de mayo. Que entre el bueno y salga el malo”. Este era el popular
adagio al que, cada 30 de abril, se recurría para bendecir las casas. Provistos con una rama de
tojo empapada en agua bendita, la gente santificaba sus hogares con el propósito de alejar las
energías negativas.
Recordaba esto ayer mientras leía que en estas mismas fechas se conmemora
internacionalmente el “Día mundial contra el acoso escolar”, una epidemia que con la fuerza
de una hidra multicéfala no somos capaces de exterminar. Ignoro cuántos casos se logran
evitar con los planes específicos que, reiteradamente, se ponen en práctica en la mayoría de
los centros educativos de todo el mundo con la finalidad de prevenir y erradicar esa violencia
injustificada y gratuita. No obstante, de lo que sí tengo pleno convencimiento es de que el
número de casos que no logramos reducir es estremecedor. Partiendo de la premisa de que un
solo menor acosado resulta una cifra demasiado alta, los abultados y obscenos porcentajes
oficiales que se publican debieran producirnos pudor, avergonzarnos como comunidad y
hacernos asumir, de una vez por todas, que un joven que acuda a la escuela con recelo y
miedo a sus congéneres es un claro síntoma de una sociedad inepta.
Considerar que el acoso escolar es un asunto que deben resolver exclusivamente los colegios e
institutos puede resultar balsámico para nuestras conciencias, pero no deja de ser una
absoluta muestra de irresponsabilidad en tanto que este tipo de violencia posee una
indiscutible génesis social, ya que un acosador no se fragua únicamente dentro de los muros
de una escuela. Todos, sin excepción, somos agentes educativos: los docentes y los
progenitores, la familia, los amigos, los medios de comunicación, las redes sociales y el vecino
del 3º izquierda. No hay duda alguna: educa la tribu. Transmitimos valores, enseñanzas y
tolerancias con nuestros actos, nuestras palabras y nuestro ejemplo. La educación es una
responsabilidad compartida y como tal debemos entenderla y asumirla. Mientras así no lo
hagamos, continuará el sufrimiento anónimo de estudiantes intimidados, angustiados,
insultados, asediados, humillados, vejados…
Ocurrió hace unos meses, al finalizar una rueda de prensa en la que presentábamos un
programa comunitario contra el acoso escolar. Uno de los asistentes se acercó y nos dijo
convencido: ¿no creéis que estáis exagerando un poco?
¡Qué pena no disponer en aquel momento de una rama de tojo empapada en agua bendita!
OLEGARIO SAMPEDRO
Presidente del IMER (Instituto de Mediación Educativa de Ribeira IMER). Galicia. España



