Noia, “volver a reír en el espacio público”. Juan Salgado

15 Marzo 2024


Pronto se cumplirán tres lustros de las reflexiones que, en entrega de seis capítulos, quien esto
firma publicó en un periódico de ámbito regional sobre las potencialidades que la villa de Noia
ofrecía de cara a una más adecuada optimización de su urbanismo toda vez que la desfeita de
la época desarrollista del siglo pasado se circunscribió al espacio conocido como de los
Militares y aledaños, pero dejaba a salvo una nada desdeñable parte del municipio en la que
poder aplicar un diseño urbano racional, sostenible y de una inmejorable calidad de vida para
sus habitantes.
La publicación, en octubre pasado, de los resultados de un estudio elaborado por Deyde
Datacentric que, en base al modelo del profesor de la Sorbona Carlos Moreno sobre “la ciudad
de los quince minutos”, concluía que la villa noiesa reunía buena parte de esas cualidades de
proximidad dio pie para que el habitual colaborador de O Barbanza, Carlos Moledo, propusiera
-“Noia, ¿el mejor sitio para vivir”, de 27/10/23- la necesidad de un debate riguroso sobre lo
positivo de dicho estudio y, más que eso, hacer una pública llamada a la participación de todo
el conglomerado político, social y cultural de la urbe a pensar y diseñar esa Noia idílica del
futuro. Eso sí, añadía “todos a una, como en Fuenteovejuna”.
La optimización arquitectónica y urbana de la villa es reflexión que ya desde su tesis doctoral
en 2012 – “A paisaxe urbana e a súa evolución na Ría de Muros -Noia a través dos seus
principais asentamentos: un estudo de xeografía urbana”- viene defendiendo preocupada y
certeramente en múltiples publicaciones y desde los más diversos aspectos el geógrafo Pedro
García Vidal. La última de ellas, coincidente con las dos referencias citadas, en la revista del
Liceo –verdadero bastión de la memoria de la villa-. Allí, a lo largo de siete documentadas
páginas y de la mano de la arquitecta Izaskun Chinchilla pasa revista a los distintos modelos de
diseño urbanístico adaptables a una población como Noia para concluir en la necesidad de un
debate sobre el modelo de villa que se quiere. Eso sí, como Moledo, “donde todos os actores
caiban” porque “nos tempos que corren non serven xa as aproximacións tecnocéntricas de
ordeno e mando dos vellos Plans Xerais de Ordenación Urbana”.
Es muy reconfortante la reflexión de los dos autores citados al incidir, más que en el aspecto
técnico de diseño urbano, en contemplar el fenómeno desde la perspectiva de quienes habitan
la ciudad, desde el lado de la geografía humana antes que de la arquitectura construida, que
ya recomendaba Jane Jacobs, la genial urbanista del S. XX, que “antes de cambiar una ciudad o
intervenir en ella hay que conocerla a fondo y eso implica entender donde está su vitalidad,
como la usan los vecinos, que aprecian de ella, que actividades realizan en sus calles, como
juegan los niños…”, “en definitiva, entenderlas y aprender a vivirlas”.
La cita que inician estas líneas se recuerdan ahora para incidir en que, contrariamente a lo que
acontece en muchas otras localidades intermedias de Galicia, en Noia todavía es posible
adecuar la ciudad al ciudadano, los espacios públicos a quienes los transitan, las plazas a
quienes las disfrutan. Esa es, acaso, la mejor de las oportunidades: Que no todo está perdido y
que todavía es posible aspirar a esa ya citada ciudad idílica. Que todavía aquí no se cumple el
pesimista diagnóstico de Muñoz Molina de que “en el curso de una generación se ha destruido
para siempre lo que tardó siglos en hacerse” y que, por el contrario, es posible imitar a esas
poblaciones de la vieja Europa donde, añade, “uno descubre con envidia como en pueblos
pequeños y en ciudades provinciales el cuidado en la preservación de lo más valioso del legado

del tiempo es perfectamente compatible con el progreso tecnológico y tiene la ventaja de
hacer la vida más gustosa y crear una riqueza duradera”.
Quiso la fortuna que su amor por la naturaleza de esta tierra trajera hasta el Barbanza al
acreditado y premiado arquitecto David Chipperfiel, que tanto se compromete en recuperar la
rica tradición constructiva del Barbanza y su entorno desde una estrecha relación con la
naturaleza y el paisaje. Por eso no está de más recordar aquí su continuada alusión a que
Galicia es “todo un modelo de progreso sustentable”, que “si cuadra no estamos tan atrás y tal
vez Galicia tenga mucho que enseñar” y, por fin, que “una villa es algo físico pero también se
trata de una entidad social”. Solo hace falta llegar a tiempo y de la mano de expertos- y de
toda la colectividad vecinal- para alcanzar la meta que se proponía Janes Jacob como la más
efectiva evidencia en el desarrollo y disfrute de una ciudad, “volver a reír en el espacio
público”.

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