“La puerta giratoria de Garzón”. José Antonio Constenla

20 Febreiro 2024


Las aguas en la izquierda han vuelto a agitarse. La última aportación a la
mezcla entre absurdo y broma pesada, ha sido la petición de Alberto Garzón a
la Oficina de Conflictos de Intereses, para fichar por el lobby Acento Public
Affairs SL de Pepe Blanco. Una consultora con un modelo de los
conseguidores de los 80, cuyos clientes son empresas y asociaciones con
legítimos intereses en influir en las políticas públicas.
No es el primer político que ha querido dar el salto al mundo de la empresa, ni
será el único. Lo inusual ha sido su acrobacia fallida tras una tromba de críticas
de su propio entorno político. A pesar de presentarse como un mártir que lo
único que quería era trabajar “por un mundo ecosocialista”, la “incomprensión”
de la izquierda no se lo ha permitido. ¡Vaya por Dios!
Sin ser algo ni reprochable per se, ni mucho menos ilegal, esta petición
presenta un problema de inoportunidad y de coherencia. Afirma Garzón ahora,
que la política es “una trituradora de personas” y reclama una izquierda menos
“inquisitorial”. Olvida que esa no era su actitud cuando criticaba mordazmente
las puertas giratorias de los expresidentes González y Aznar. Asimismo, ha
sido inoportuno en los plazos, pues desde su salida del Gobierno sólo han
pasado tres meses, tiempo muy reducido para justificar que no dispone de
información privilegiada.
No cabe duda de que la puerta giratoria, invento del estadounidense
Theophilus Van Kannel, contribuyó a mejorar la comodidad de la Humanidad.
Sin embargo, dudo que pensase que su aplaudido invento diese lugar a la
metáfora que designa el movimiento de altos cargos, entre el sector público y el
privado.
Es conocida la distinción de Max Weber entre políticos que viven para la
política y los que viven de la política. Los primeros serían los que se entregan a
una causa, los segundos los que hacen de ella su modo de vida. En todo caso,
unos y otros se acaban “profesionalizando”.
En abstracto, las puertas giratorias no dejan de ser algo natural. Estaría bueno
que los políticos no pudiesen tener vida profesional una vez que cesan en sus
cargos. Son imprescindibles para no desincentivar que personas valiosas se
comprometan con lo público. Porque un funcionario sabe que una vez que
abandona está actividad tiene garantizada la vuelta a su puesto de trabajo,
pero para otros profesiones no es tan sencillo.
Dado que no es poco lo que se aprende en política, ¿por qué no rentabilizar
esos conocimientos pasando al sector privado? O ¿qué hay de malo en que
alguien que se ha labrado un nombre pueda beneficiarse de ese prestigio? A
priori, nada.
El problema surge cuando existen fundadas sospechas de que el interés
público puede verse contaminado por las demandas del sector privado, que
busca información privilegiada o beneficios de otro tipo. Así, en cuestiones en
las que las consideraciones éticas se mezclan con otros factores, el problema
es detectar dónde están las líneas rojas, ya que no todo es blanco o negro.
En cualquier caso, seria bueno recordar al ministro que pasará a la historia por
pedir consumir menos carne, tras servir en su boda solomillo y foie, que en la
política democrática es imprescindible guardar siempre las apariencias de
impecabilidad. Aquello de que “la mujer del César no solo debe serlo, sino
parecerlo”. Algo que hasta el mismo Maquiavelo aconseja.

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