
La inoportunidad de una repentina muerte no anunciada –la muerte siempre es inoportuna y casi nunca avisa de su llegada- privó a las decenas de miles de espectadores que contemplaron la retransmisión de los premios Princesa de Asturias de este año de escuchar la voz del italiano Nuccio Ordine, galardonado en el apartado de Comunicación y Humanidades. Su esposa y su hija fueron las encargadas de recibir el galardón, en tantas ocasiones antesala de los Nobel para
varios de sus premiados.
La noticia de la concesión del premio a Ordine, hecha pública en mayo, apenas ocupó –salvo muy contadas y documentadas excepciones en los periódicos de papel- un ínfimo recuadro en medio de la marabunta desinformativa con que nos invaden los diarios digitales, tan enfrascados en ser mímesis de las insustanciales y torticeras redes sociales como capaces son de obviar, de arrinconar lo importante.
Por eso, las primeras palabras del profesor italiano tan pronto conoció la distinción de que había sido objeto se perdieron en la laberíntica inanidad de las páginas web. Lástima, porque su dedicatoria era un canto al valor del conocimiento -“porque antes lo ganaron tres gigantes que eran amigos míos, Umberto Eco, Emilio Lledó y George Steiner”- y porque, sobre todo, “este premio tiene un significado muy, muy importante para mí porque me ofrece la posibilidad de decir cuánto los maestros son importantes en el mundo. A quienes cada día –en una choza africana o en un pueblo pobre de Calabria o de hispanoamérica– realizan un gran milagro: permitir a los estudiantes pobres dar ese salto social y cultural que hace nuestra sociedad más justa e igualitaria”
La estima por el profesor, por el primer maestro que descubre a los curiosos ojos de la infancia el asombroso camino del conocimiento de las cosas y la afirmación en valores humanos fue siempre en Ordine preocupación recurrente. Tanto a la hora de denunciar las carencias, lagunas y perversiones de los sistemas educativos como en su insistencia en la necesidad de aproximarse a la lectura de los clásicos como generadores de los mejores valores de la condición humana – en “La utilidad de lo inútil” con 80.000 ejemplares vendidos en su versión española, “Clásicos para la vida” o “Los hombres no son islas”-, Ordine puso siempre en valor a “aquellas personas que dedican su vida a enseñar y que hoy consideramos obsoletas. Pero yo les dedico este premio, lo dedico a quienes enseñan y cambian silenciosamente, con su sacrificio, la vida de los humanos”.
Nuccio Ordine, fallecido en el pasado mes de agosto a los 64 años de edad a causa de un derrame cerebral, tenía dos recurrentes ejemplos de lo que supone la entrega, el sacrificio y dedicación de los maestros a su tarea. El primero de ellos hablaba del maestro colombiano que cada día empleaba dos horas de moto y dos horas de lancha para ir desde Barranquilla a un pueblo palafito de la laguna de la Ciénaga de Mallorquín a enseñar a dos niños que no tienen nada. “El papel del profesor no tiene respeto en nuestra sociedad, ni dignidad económica ni social. Este premio, por el prestigio que tiene, me permite decir que los profesores son imprescindibles para el futuro de los niños. Tenemos que pagarles bien y ofrecerle una dignidad que hoy no tienen, ni económica ni de estima social.”
El segundo de los ejemplos con que el profesor italiano quería significar la importancia de la docencia infantil estaba en el repetido hábito de recordar a sus alumnos universitarios la espontánea reacción de Albert Camus al conocer la concesión del premio Nobel de Literatura en 1957: cartas a su madre y a su maestro de la infancia una vez apagado “el ruido que me ha rodeado todos estos días con la concesión del premio”. “Cuando supe la noticia -señala Camus en la misiva a su primer maestro- pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto… Uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
Una inoportuna, por repentina, muerte nos privó, como se señalaba, de escuchar con la resonancia mundial que tienen los discursos pronunciados en el Teatro Campoamor de Oviedo ese merecido elogio de la labor de los maestros de nuestra infancia, que nos acompañan para siempre en el recuerdo y en un imborrable sentimiento de gratitud por parte de cuantos pudimos disfrutar de su docto magisterio y del cariño que nos inculcaron a los libros, al conocimiento.
Porque, como Ordine acostumbraba a citar aludiendo a una conferencia de García Lorca en la inauguración de una biblioteca pública: “Si estuviera en la calle con hambre no pediría un pan.
Pediría medio pan y un libro”.



