
Ricky Rubio, jugador de baloncesto de 32 años, con contrato en la NBA con los Cavaliers de Cleveland, a través de un comunicado, ha anunciado que se retira temporalmente “para cuidar su salud mental”. Este parón supone un revés para la selección y para los que disfrutamos de este deporte y vuelve a poner el foco sobre casos que tienen que ver con la presión y otros aspectos de la vida.
La salud mental ha sido siempre tabú en el deporte, un mundo de competición habituado a llegar al límite. Antes de Ricky, Michael Phelps, el deportista olímpico más laureado, reveló que había sufrido “tres o cuatro períodos de depresión fuerte” y que llegó a poner su vida en peligro. Otros casos destacados fueron los protagonizados por la gimnasta Simone Biles y la tenista Naomi Osaka. Asimismo, ya no es infrecuente encontrarse con celebrities que recomiendan cuidar la salud mental e incluso ir a terapia.
Pero no solo los personajes públicos sometidos a gran presión sufren problemas mentales. Cualquier persona, a lo largo de su vida, puede pasar por situaciones que le superan. Más en un país que pasa por ser el de mayores problemas de ansiedad y depresión en adolescentes y el segundo con mayor consumo de psicofármacos de Europa. ¿A qué se debe esta nueva pandemia entre los jóvenes? ¿Han perdido el miedo a hablar del tema? ¿O por el contrario estamos más bien ante un equívoco terminológico?
Este último argumento es el que Luis Vetoso desarrolla en el diario El Debate.
Afirma que “me temo que lo que ocurre es que se está llamando depresión a la infelicidad de siempre, un estado por el que todos los seres humanos hemos de pasar algunas veces de modo inevitable, porque la vida está llena de agobios profesionales, desamores, conflictos… Lo que ocurre ahora es que la infelicidad ha pasado a medicalizarse bajo el nombre de depresión, o problema de salud mental.
Otro estudio de la Fundación Mutua Madrileña y la Fundación FAD Juventud, que recoge la opinión de un total de 1.500 jóvenes de entre 15 y 29 años, desvela que en torno al 56% reconoce haber sufrido problemas de salud mental y que casi la mitad no pidió ayuda profesional. Asimismo, el 35% de los jóvenes encuestados reconocieron experimentar ideas suicidas al menos una vez o con cierta frecuencia en el último año, mientras que un 8,9 por ciento las experimenta continuamente o con mucha frecuencia.
Más que nadie los jóvenes aprecian que últimamente el mundo se ha venido abajo ante sus ojos: crisis ecológica, sanitaria, económica, geopolítica. Todo está en el aire, nada es permanente y ellos lo están acusando. Asimismo, a la par que aumentan esos estresores, las relaciones humanas, que nos sirven de apoyo en momentos difíciles, se han virtualizado y reducido en calidad y cantidad. Nos conectamos al mundo por una ventana virtual de la que nos hemos vuelto adictos, sin reparar en que una relación por Instagram o Tiktok no es como una presencial.
Sin embargo, ver solo la relación de los jóvenes con las redes sociales como la raíz del problema es desoladoramente simplista. El problema es multifactorial y por tanto se requieren respuestas múltiples.
Antes el malestar se sufría en silencio porque mandaban los tabúes, ahora se aplauden y valoran gestos como el Riki, que cuanto menos permite que se hable más en los medios de comunicación de los problemas que sufren muchos jóvenes.


