
Hace un tiempo escribí sobre esas chicas vestidas de blanco que atienden a personas imposibilitadas, les hacen los menesteres caseros, o les ayudan en la higiene personal, labor muy meritoria, no cotizada lo que merecen.
Hoy estando en la terraza del parque plaza de la Concordia, compartiendo un café, veo a unas 25 señoras y señores, todas en sillas de rueda, tomado el sol, y no es la primera vez.
Me dirijo a una de estas señoras voluntarias, y que somos viejos amigo, y me informa, son unas 25 voluntarias que una vez a la semana, les quitan a tomar el sol en el parque o los llevan allá a la playa dependiendo del día, que el viento del mar les acaricie la cara, aroma a salitre.
No todas son mujeres, para asombro mío veo que hay 4 jóvenes también voluntarios que participan en tan meritorio evento, labor meritoria que es de agradecer.
Mi amiga dice, no es nada, solo es una hora más menos de dedicación a estas gentes que están solas, a veces las familias están en pueblos lejanos.
Hace muchos, muchos años deje de admirar a personajes históricos y aprendí una lección, ahora valoro y admiro a gente común, con una vida llena de valores, al vecino de enfrente, ese gran desconocido, admiro a las personas que tienen la bella cualidad de hacer felices a los demás, incluso a los descomidos.
Algunas conocidas, y otras saben que gozan de mi afecto y consideración.
Ellas construyen cielo en la tierra.




