
Carnaval, evocación de fiesta, ruptura momentánea de los límites, reino de la chanza, plenitud de la irreverencia. Tiempo de jolgorio, de licencia y olvido de los rigores de la vida cotidiana. Ocasión para afirmar la voluntad de divertirse que es, sin duda, una de las vocaciones que mejor caracterizan a la humanidad. La verdad es que el humor y la sátira son expresiones de humanidad, de esa humanidad atrevida y libertaria que sobrevive y prospera.
El carnaval es ocasión para que las máscaras, los payasos y el baile llenen las calles y destierren la seriedad y las prohibiciones. Es un paréntesis necesario que oxigena y libera. Es entonces cuando se entiende que la libertad y sus riesgos son la sustancia de la dignidad, porque esta también tiene que ver con la posibilidad de reírse. La risa y la carcajada son, a veces, sonoro desafío y afirmación contundente que dice más que mil palabras. Caras abiertas a la alegría que desmienten un mundo en crisis; caretas
de cartón que oculta rostros invisibles de vidas trasgresoras; pinturas vivas y opacas que modifican la imagen anodina de rasgos apagados. Todo es distinto al común de los días que vivimos vividos en una realidad planificada.
Los trajes serios de ejecutivos grisáceos desaparecen, dando paso a un vestuario de composiciones multicolores, expresión manifiesta de querer romper con la monotonía de lo cotidiano de la vida, para traspasar los límites de lo habitual hacia un mundo de incontrolados acontecimientos. Se quiere dejar de ser para ser lo diferente. Disfraces que transforman el panorama de la realidad y ocultan rostros, figuras y, sobre todo, vidas. En este fluir de personajes de ficción y espectadores, es fácil no saber dónde está la realidad y dónde la ficción.
En carnaval, cada uno expresa su libertad contra lo que le molesta más, contra lo que quisiera evitar, cambiar o eliminar. Es la desestructuración llevada al límite, es la destrucción del orden establecido. El ser humano se siente prisionero de las limitaciones de su naturaleza y durante estos días, vive como si no hubiera límites.
Durante el carnaval los humanos renuncian a la razón y a la sabiduría, lo que explica que se celebre con tanto entusiasmo en un mundo en el que las convenciones sociales nos obligan a ir “disfrazados” todo el tiempo.
El carnaval nos permite tener momentos de relax que alivian en parte los tiempos poco afortunados de nuestra vida social y no digamos de la política y la económica. Estar preocupados es compatible con disfrutar de un tiempo de distensión mental que también nos hace falta, como medicamento que alivia la indudable presión de la vida, reconociendo que la felicidad completa es muy difícil de conseguir.



