“Ecología y bien común”. José Antonio Constenla

La protección del medioambiente no debería entender de ideologías, todos necesitamos por igual la tierra y el aire y la contaminación no pregunta a qué partido has votado antes de matar, porque mata. Sin embargo, esa protección corre el riesgo de convertirse en otra trinchera de la polarización política.
Margaret Thatcher, la dama de hierro, una de las mujeres más influyentes de su tiempo, al frente de un Gobierno conservador, privatizó un buen número de empresas, suprimió ayudas públicas, se enfrentó a los sindicatos, plantó cara al comunismo en la Guerra Fría, pero de lo que nadie se acuerda es de su firme defensa del medio ambiente, lo que venía a demostrar que esta cuestión no tiene ideología, o, al menos, no debería.
A menudo se dice que el medioambiente es monopolio de la izquierda, cuando debería ser una causa transversal. La conciencia ecológica, la lucha contra la contaminación, la sostenibilidad o las energías limpias parece que son cosa de esos partidos y se corre el riesgo de que una causa que nos atañe a todos
pierda fuelle. En cualquier caso, lo conveniente, sería hablar de medioambiente y ecología y no de ecologismo, que es lo que defiende la izquierda empoderada que se ha apropiado del movimiento. El ecologismo es una corriente ideológica convertida en dogma, una religión nefasta y moralizante, con mandamientos muchas veces inasumibles, agobiantes y francamente tristes que exigen sacrificios humanos. Sacrificios que pagan los pobres, sus principales damnificados y de los que se favorecen los “ecolojetas”, vía subvenciones.
Avanzar en este tema pasa por abandonar el “dogma verde” y partir de la consideración del Bien Común como punto de referencia de la implicación de las personas en la salvaguarda y cuidado del medio ambiente. Esto ha de suponer para la Sociedad un objetivo prioritario, tal y como defiende el Papa
Francisco en la Exhortación Apostólica Laudato si: “si tenemos en cuenta que el ser humano también es una criatura de este mundo, que tiene derecho a vivir y a ser feliz, y que además tiene una dignidad especialísima, no podemos dejar de considerar los efectos de la degradación ambiental, del actual modelo de desarrollo y de la cultura del descarte en la vida de las personas”.
Camus defendía que “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Impedir que el mundo se deshaga es tarea colectiva, no de unos pocos. Esto no va de colores
políticos ni de ideologías, es responsabilidad con las personas que nos rodean, con nosotros mismos y con el planeta para tener un futuro y que las generaciones venideras disfruten de lo mismo que nosotros, como mínimo en las mismas condiciones.